20 de mayo de 2009

Con una tonada bien bandeña

Mariela Lizondo (**)
Hace unos días se recordó a Carlos Carabajal en un original reza-canto que se hizo en su casa. No faltaron la emoción y las anécdotas.Recordar a Carlos Carabajal es simple, es tararear una chacarera, es oír esa voz pausada y esa tonada bien bandeña. Es verlo pensativo y con una mirada ausente abrazando a su compañera que acariciando sus cuerdas el arte mismo obsequiaba. Era de esos hombres que tenían el don de describir a la perfección estilos de vida, dibujaba con palabras los paisajes y los pintaba con melodías. Y tal vez presagiando su despedida Carlos Carabajal ofrendó su última zamba que decía: “Si me pides que te olvide así, no podré, no podré, un adiós nunca mata un cariño, no mata una pena, no mata un querer” y así debe ser, porque a pesar de haberse ido el recuerdo sigue intacto en el corazón de la gente que disfrutó sus chacareras, que aplaudió sus ocurrencias y que lo respetó como el grande que era.

“No llores más chacarera, no estás sola con tu pena, que tu padre no murió, está en cada uno de los versos que con amor te escribió. Ahí llegan los cantores, guitarreros, bombistos y hasta el violín de don Sixto que acompañan tu dolor. Y las calles de La Banda florecidas de lapachos, aún sollozan recordando, cuando a tu padre llevaron al campo santo cantando”. (*)

Un año sin la magiaComo por un decreto Carlos Carabajal hace un año había decidido “Tener un campo en el cielo y sembrando estrellas vivir” y así lo entendió su familia que al momento de rendirle un homenaje decidió realizar un reza-canto.No se realizaron invitaciones pero la casa del cantautor bandeño, ubicada en la calle Alberdi, estaba colmada de vecinos, amigos, músicos y bailarines que se habían convocado para recordar al “Padre de la Chacarera”, tal como lo había bautizado su entrañable amigo Carlos Saavedra.

Delante de una imponente pintura que retrataba el rostro de Carlos Carabajal se improvisó un altar, donde sus hijos Peteco y Demi colocaron fotografías y su esposa Zita le ofrendó unas flores. El párroco Raúl Llugdar tuvo a su cargo el singular oficio religioso y entre rezos y oraciones la música folclórica dijo presente.Sin ocultar el dolor, Peteco le dedicó unas sentidas palabras a los presentes: “Quiero agradecer que nos acompañen en este momento tan difícil, hoy nos reunimos en familia y ‘la Vale’ (Valeria, nieta de Carlos) propuso que cada uno recordara un momento vivido con él y por esas casualidades todos coincidimos en contar cosas graciosas, sus ocurrencias allí nos dimos cuenta que había sido feliz, que disfrutó de la vida, que nos enseñó todo lo que pudo y la herencia más grande que recibimos fue la unión que mantenemos y eso va a quedar para toda la vida”.

Juan Carlos Carabajal, profesional de los medios de comunicación, coautor y amigo de la familia también pidió la palabra: “Yo me permitiría decir que como de costumbre Carlos siempre consigue lo que quiere, este encuentro no es casualidad, tal vez él quería reunirnos en su casa, que recordáramos esas salidas humorísticas que tenía cuando contaba anécdotas y se reía de sí mismo. Y no fue difícil convocarnos, todos de alguna manera sentimos la necesidad de estar aquí con él, porque los grandes no se van nunca”.

El sacerdote continuó el responso pidiendo a los presentes ofrendar el Padrenuestro tomados de la mano y así fue, luego Demi interpretó “Y mis sueños”, que se convirtió en un momento emotivo y más de uno sintió correr una lágrima por sus mejillas, porque esa fue la zamba con la que se despidió y con la que se lo recordará para siempre.También se sumaron Cuti, Roberto, Peteco, Graciela, algunos nietos de Carlos y las zambas, gatos y escondidos comenzaron a sonar y Juan Saavedra “El bailarín de los montes”, mudanceó con el alma y el corazón, con sus manos dirigidas al cielo porque se lo dedicaba a él y a nadie más.Las palmas surgieron, las lágrimas se secaron, los bailarines entendieron que la mejor forma de homenajearlo era volver a sentir esa música en el cuerpo, por primera vez la guitarra de Carlos Carabajal se dejó acariciar y sonó después de un año de silencio y tímidamente apareció ella, llena de dolor, revelándose a este encuentro porque extrañaba a su padre.

Pero lo encontró allí en el sentir de cada uno, entonces permitió que la abracen, que la hagan propia, que la canten y así revivió la chacarera, dejando atrás la tristeza y sabiendo con certeza que su único dueño es Carlos Carabajal

(*) Fragmento de la poesía “A Carlos Carabajal” de Mary Escañuela.

(**) Especial paraEl punto y la coma.