20 de mayo de 2009

"Dimensión" en la historia cultural del siglo XX

Alberto Tasso (*)
Reflexión en torno a una clave cultural.
A Gilda, Elmina y Francisco

Me propongo analizar un período de la historia cultural de Santiago del Estero: el grupo y la revista Dimensión (1956-1962). [1] Y lo compararé en algunos puntos con un movimiento cultural anterior, La Brasa (1927-1946). Los dos son conocidos, pero aún no mirados desde el punto de vista que planteo: sucesivos, complementarios, contrapuestos, paralelos.

Dos perfiles
No sabemos quién propuso la palabra “Dimensión”, pero está bastante claro quién fue la persona que la empuñó y construyó con ella una etapa singular y aún casi desconocida de la cultura santiagueña del siglo XX.Fue Francisco René Santucho, un orientador de ideas, un estudioso reflexivo de obra poco conocida, mucha inédita la publicada necesitada de re-edición. Activo trabajador social que vendía libros y organizaba actos culturales. A mediados de los años 50, desempeñaba un papel semejante al que había ocupado Canal Feijóo unos años antes.

El Negro y sus hermanos, más otros “amigos del grupo Dimensión”, delinearon un complejo espacio social, con otras bases conceptuales y otras lecturas. Pertenecían a otra generación, pero además, su origen era muy distinto al de los hombres de La Brasa.

Leemos esas diferencias en los apellidos de estos dos intelectuales. La raíz hispano-portuguesa de Canal Feijóo lo sitúa en las capas superiores de la sociedad. Los dos apellidos potencian esa sensación. En cambio, Santucho es un apellido registrado en los censos de pueblos de indios, a fines del siglo XVIII (cfr. Togo, J. y Mussi, J.: “Los apellidos indios leídos en una base de datos”).
Los SantuchoLa familia proviene de Gramilla, departamento Jiménez. Harto significativo este nombre también, pues la gramilla es nombre popular de la hierba o pasto, y así como en “Leaves of grass” Walt Whitman la elige como símbolo del hombre común, los Santucho lo expresan por carnadura genealógica y toponímica. Fueron protagonistas de una etapa de la vida cultural y política, que tuvo logros sostenidos de ascenso social, de estudio y de lucha social comprometida y heroica, que nuestra historiografía recién está comenzando a recuperar.

El ciclo familiar debe ser puesto en el perfil de una generación, y esta en la primera mitad del siglo. Su papá fue quien hizo el tránsito del campo a la ciudad. Era procurador. Conocía la ley y los modos de trato de los abogados, que por entonces manejaban la provincia, con la ocasional presencia de un médico.

Puestos en paralelo, La Brasa y Dimensión parecen latir al mismo ritmo organizativo: conferencias y cursos. Pero es visible el cambio de época entre una y otra. En los 30 La Brasa invitó a Waldo Frank, Herman Keyserling, visitantes de la América hispana, conferencistas, charlistas según algunos, teóricos de “lo indígena”.

Entre 1955 y 1962 Dimensión convocó a Miguel Ángel Asturias, Sergio Bagú, Rodolfo Kusch. Sin contar a Ernesto Guevara de la Serna, que hacia 1962 expuso su estrategia en los fondos de una casa de comercio de la calle Buenos Aires. Me cuentan que tenía el pelo teñido de rojo, estaba afeitado, y se llamaba Ramón.

En esos años se produjeron revoluciones socialistas en Bolivia y Cuba. En paralelo con la descolonización de Argel, las revoluciones con las que se había iniciado el siglo –la mexicana y la rusa- rebrotaban en América Latina. Escuchando y leyendo sobre ellas se formó Santucho, leyendo también al inspirado Mariátegui y a Arnold Toynbee.

La librería Dimensión
Y también vendiendo libros. De acuerdo a la vieja tradición de fundar una casa de estudios en torno a una biblioteca, que así nacieron las universidades europeas y El Colegio de México. La que yo recuerdo estaba ubicada en el pasaje Tabycast, referencia a los apellidos Taboada y Castiglione, símbolo de la fusión entre la “anécdota Taboada” y la “tercera anécdota”, según las llamó Canal Feijóo.

Durante los años militarizados que nos tocó vivir en los 70, la librería era un espacio de refugio. En las mesas de la ventosa galería conocí a Gaspar Villarreal, a Coco Miguel, a Luis María Álvarez, a Fina Moreno Saravia. Saludé a tantas personas. Una clienta de Dimensión se convirtió en personaje de un relato. El arquitecto de la calle Independencia, de sardónico humor y bellas esposas, francesa una, criolla otra.Allí compré y vendí innumerables libros, sobre todo Secreto Sol (1979) y Acuerdo de Partes (1981), con mis amigos Hugo Pinter y Carlos Zurita. Gilda Roldán, querida amiga librera, es el símbolo de esta continuidad familiar, que fundó el Negro y siguen sus hijos. Símbolo de una Argentina desgarrada por la violencia.

Pero iba a otra cosa. Quería destacar el viraje en el punto de lectura de la misma realidad que se produce entre la Brasa y Dimensión. Santucho se ocupó de los mismos temas que había puesto la Brasa como centrales (el indio, el quichua, la acequia, etc.) pero los lee de una manera absolutamente distinta.Y la razón es muy clara, él era indio, no sólo por origen sino también por decisión. Observemos el nombre de su principal obra institucional, el Frente Revolucionario Indoamericano Popular, conformado en conjunto con su hermano Mario Roberto.[2]

La clave de lectura de Santucho no está en el folklore, ni la arqueología, sino en clave reflexiva de estudios culturales, pensados a su vez en clave de revolución social, es decir política, en su sentido liso y llano de un hacer social orientado a fines prácticos.

Es en este cruce de épocas y de tiempos culturales que se ubica Dimensión. Entre la apresurada revolución continental, y el tiempo lento del obraje. La revista y el grupo se inscriben en lo que llamo la jornada épica de los maestros, surgida de la ampliación de la educación y la ampliación de aspiraciones que alentaron la inmigración y el radicalismo.Esa generación, que integran Irurzun, Gil Rojas, Gómez, Gallardo y Bravo, entre muchos otros, estaba inspirada de criticidad. Fue la difusora del sentido de la igualdad, que podía combinar en esos años al socialismo y al radicalismo, pero era principalmente librepensadora. Era un estrato social de formación técnica, ilustrados. Eran profesionales del arte de enseñar, y la palabra maestro significaba algo distinto que hoy, y esa diferencia expresa una medida del retroceso social que debemos superar.Con algo de prisa concluyo, delineando un posible campo de análisis.Dimensión. Una palabra que habla de tamaño. Espacio. Coordenadas.
Una palabra que reclama su lectura.
[1] Muchas fuentes para este pequeño e incompleto texto. Conversaciones con Orlando Zacarías Medina, anteayer. La revista Acilbúper número 4. El libro “Nosotros los Santucho”, de Blanca Rina Santucho. El artículo de Víctor Cáceres sobre Dimensión, expuesto en el Encuentro de Jóvenes Investigadores, 2002, en la Biblioteca Sarmiento. Entre otras.
[2] No dejamos aquí de señalar el papel de las alianzas entre hermanos en la historia santiagueña: los Taboada, los Wagner, los Santucho. Pero hay algo más: la familia. No la tenían los Wagner pero sí los otros personajes citados. En escala local y de provincia, ésta es una dimensión central, necesitada de atención, que por suerte ya la está recibiendo.
Publicado por primera vez en http://papelesdemaco.blogspot.com y reproducido con autorización de su autor.

Tasso por Tasso
Nací en Ameghino Provincia de Buenos Aires en 1943. Pasé la primera parte de la niñez en campos de la pampa. En Junín terminé el secundario. Luego viví 10 años en Buenos Aires donde estudié sociología (UCA 1972). Vivo en Santiago del Estero desde 1967; trabajé como extensionista docente promotor cultural editor y bibliotecario. La historia de Santiago del Estero es uno de mis temas de trabajo. En Aventura trabajo y poder (1989) estudié la inmigración siria y libanesa a Santiago del Estero. Revistas y diarios de Argentina México y España incluyeron artículos sobre historia agraria cultural y política de Argentina. Publiqué Los hambres (1973) Secreto sol (1978) Acuerdo de partes (1981 con CV. Zurita y H.Pinter) Dibujos al carbón (1995) y La Jornada del Cazador (1997). En Amores que no cierran (1996) traté de narrar. Incidentes al anochecer (2002) coincide con mis últimos años de estudio cuando concluí un doctorado en historia (UBA 2002). Desde 1987 trabajo en el CONICET y en la Universidad Nacional de Santiago del Estero Argentina. Entre 2003 y 2006 fui Delegado del Fondo Nacional de las Artes.
Tomado del blog del autor.


Sentimiento
Una argentina en París
Inés Negrete (*)
La corresponsal de la revista en Francia cuenta qué se siente al estar desarraigado del lugar de origen. Ella es tucumana y actualmente vive en París, donde trabaja, es profesora de historia y desarrolla sus actividades habituales.

Recuerdo una vez en Inglaterra, iba sentada en un bus mirando el paisaje que me llevaba del trabajo a casa. Unos asientos detrás del mío, una madre y su hija susurraban canciones infantiles; no podía oír lo que cantaban pero al levantarme para salir, esperando junto a la puerta trasera que se parara el bus, reconocí una canción que me conmovió: esa madre cantaba con acento argentino, dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis. Me sentí inundada por un sentimiento difícil de explicar, transportada de repente, a través del tiempo y de miles de kilómetros, hasta una casa donde mi madre cantaba esa misma canción a la niña que fui.

No sé qué cosa sea ser argentina, tampoco sé si la canción lo es, solo sé que mi corazón dio mil vueltas en ese momento y me sentí fuera de sitio, me sentí lejos de casa. Bajé del bus sintiendo que quería ser esa niña, sentada al lado de su madre, cantando. Extrañar.Extrañar es acariciar con la memoria el cariño que uno ha sentido, volver a acercarse y encontrar sentido a los recuerdos de la infancia que nos hizo lo que somos, a la gente que se conoce y se quiere. Creo que el primer desarraigo está ahí: la familia. Arroz con leche: si abrieran mi cabeza para ver lo que hay adentro, estoy segura que encontrarían arroz con leche, unos masticables, un delantal blanco, unas calles con polvo, un cerro azul que corta la vista, olores de Tucumán, gente que me saluda y me dice: “hola, Inés”, la voz de la Negra Sosa. Al mismo tiempo que me enseñaban a hablar me servían de comer. Y eso lo hizo mi madre que me hablaba en castellano y me servía, las niñas los brazos sobre la mesa, nunca los codos, comida argentina a las horas argentinas, con la sopa, el bife, la ensalada de zanahorias, fiambres para las fiestas, empanadas los días especiales, el alfeñique de postre, tres cucharadas de azúcar en el café con leche, y también canciones infantiles.

Siempre he vivido fuera, argentina en el extranjero, como tucumana primero porque allí nací y así me lo contaron.Hay miles de argentinos desparramados por el mundo: en Francia, en el Canadá, en los Estados Unidos. Todos tuvieron sus razones para salir: establecer una nueva vida, estudiar, viajar o, simplemente, escapar. Algunos salieron con rabia, en momentos políticos inestables y habiendo sufrido persecución o tortura, otros arrastrando la pata o con entusiasmo y ganas de conocer. Cuidado: el exilio no es la emigración; las experiencias de los exiliados son diferentes de las que puede vivir un argentino que elige salir del país en busca de otros horizontes. El exiliado político no ha querido salir, y muchos viven su situación con amargura y nostalgia, una nostalgia romantizada de la Argentina que hubiera podido ser o que les han robado. El emigrante económico tiene motivos más primarios, la realidad argentina es lo que es: el mango tan difícil de encontrar, mantener la familia con horarios de trabajo desquiciados, la inseguridad…

¿Se encuentra trabajo ahora en Argentina? Sí, pero… ¡Dios cómo hay que laburar! Y cuando, para el argentino en el extranjero, el dinero deja de ser lo más básico, se complica la vida, porque aparece la soledad que despierta la patria interior. Algunos intentan, sin éxito, revivir el pasado, pero nada es igual: las puertas se abren de otra manera, la sal tiene otro gusto, la escuela es diferente, tomar el ómnibus, tantas cositas… Es ese despertar de la patria interior lo que marca el punto de inflexión entre la ruptura o la aceptación. Cada cual tiene una forma de sentirse argentino; la distancia es capaz de atenuar, hacernos olvidar lo doloroso, recordando solo la belleza de los paisajes, la amistad y los momentos entrañables.

He conocido a argentinos para quienes el desarraigo fue salir de casa para vivir en otra provincia, otros extrañan lo que han conocido y ya no tienen, el idioma, la forma de hablar o de relacionarse. Se echa en falta lo que nos hace sentir cómodos, en confianza, seguros. Un tucumano me dijo que todo le gustaba en el Canadá excepto no poder encontrarse con amigos y hablar en tucumano básico. Vivir en otro país es aceptar la diferencia y la soledad, empezar de cero con otras referencias, sin historia, amoldándose a lo nuevo en cada detalle, en las costumbres y forma de ver las cosas. Sobre todo, hay que volver a aprender, adaptarse e integrar la personalidad en la nueva sociedad. Los franceses, los canadienses, los españoles, lo hacen todo distinto pero tampoco tanto. Se dice por aquí, en París, que el argentino es un pueblo generoso, expresivo y sentimental. ¿Lo es? Sí, claro, pero también hay argentinos que son todo lo contrario; en cualquier caso, uno es extranjero al salir de casa, diferente. Puede ser difícil de aceptar que siempre te miren de un modo especial, por tu acento, por tu aspecto físico o por tu forma de actuar. Los argentinos que dejan el país solo pueden comparar sus vivencias con lo que han conocido, y quizás por esa razón salir del país, en cierta forma, obliga a definirse, sopesar lo importante, contemplar lo que se es. Algunos deciden salir y se enamoran del nuevo país, se sienten a gusto, empezar todo de nuevo les parece estimulante. Muchos se sienten bien con las dos culturas; ser argentino de nacimiento y español, italiano o canadiense. Sin embargo, debe ser verdad eso del sentimentalismo -el concierto de Mercedes Sosa en París, hace unos años, estaba lleno de tucumanos que lloraban a los gritos y cantaban al mismo tiempo- : no conozco a ningún tucumano que no se alegre pensando en los cerritos de nuestra tierra o en una siesta caliente de primavera.
Seremos todos distintos pero…
Algún argentino, allá en Tucumán o en Santiago, podría sentir curiosidad de que es eso de vivir en otra tierra, digamos en Canadá o en Francia, países que yo conozco. El Canadá es un producto de todas las etnias: polacos, italianos, irlandeses, judíos, franceses, ingleses y, últimamente, muchas otras, y, por lo tanto, ser extranjero no es una desventaja, es lo normal. El canadiense respeta las leyes, es amante del orden y de la puntualidad: no se puede llegar tarde, o conversar con el cana para explicarle la situación esperando simpatía, no, señor, eso está mal visto, y de nada sirve decirle al representante de la ley que conoces a mengano o fulano. Hay que abrocharse el cinturón de seguridad en el auto, y no protestar. Tampoco hay que extrañarse cuando un canadiense curioso, queriendo informarse de tu país, te hace las preguntas más extravagantes (¿Por dónde sale el Sol en la Argentina?) porque seguramente no sabe nada de nada. La vida y la gente es poco tolerante del ruido y del desorden. Viviendo en un barrio étnico de Montreal, recuerdo que mi vecina griega, ruidosa y con olor a aceite de oliva, se quejaba de mi vecina de la derecha, hindú, reservada y con olores a curry. Yo, entre las dos, me reía de lo lindo. Las relaciones entre la gente son más compartimentadas, los jóvenes se relacionan con los jóvenes, los mayores con los mayores, no existe esa mezcla de generaciones que puede existir en la Argentina. La vida, en general, es menos social y un orden temprano rige los horarios. Una amiga se sentía de lo más bohemia porque se quedaba en casa pasada la una de la mañana.

En Francia se encuentran quizás más similitudes con lo argentino: los chicos meriendan a las cuatro de la tarde, la gente en el trabajo es más cordial y se saluda dándose la mano o con dos besos, las personas pueden hablar en el autobús aunque no se conozcan, en general se conversa un poco más. Los horarios son también más parecidos, se come más tarde, se toma vino, hay una apreciación de la comida, se reúne la familia los domingos, de la cultura, del saber, las mujeres son coquetas... Sin embargo, el francés es receloso, fundamentalmente receloso y reservado. Qué te inviten a comer es un logro que requiere mucha confianza y casi diría años de trato. Para caerle bien al francés hay que hablarle del resplandor y de los triunfos de Francia como nación, entonces, si uno lo hace bien, tampoco con demasiado halago sino como algo evidente, se hará aceptar. El francés es orgulloso, y amante de llevar la contraria: estar en desacuerdo es parte de la conversación. Cuando uno es extranjero, sorprende también cuánto retan los franceses. En el Canadá, si haces algo mal, te miran escandalizados y te hacen reprimendas de tipo moral, en Francia te retan. Todos. Llegas tarde al médico y te retan, al vecino no le gusta que tires la pelota en su jardín, y si sucede estará diez minutos retándote. Los chicos se pasan la infancia oyendo la voz de la madre irritada e impaciente, súper controlados: no corras, no te ensucies, no grites, no te levantes. Están acostumbrados y no les molesta; no es falta de cariño, es así, solo un tono: los padres se dedican mucho a los chicos. Aquí en Francia, donde vivo, en el Canadá o en la Argentina existen variaciones ilimitadas en los parecidos y las diferencias, estas son solo impresiones subjetivas de una extranjera en París. Por supuesto, en el campo, en el Sur o en el Norte, cambian las costumbres y la forma de hacer, como entre Buenos Aires y Tucumán.

¿Cuál es la Argentina que extraño yo? ¿La de mi madre, en los años 60? No, no tiene sentido, yo no extraño a la Argentina, extraño a su gente, mi gente. ¿Me siento tucumana? Sí, y también un poco canadiense, y alguito francesa, y si me llevan por allá al sur, o el norte, quién sabe…