26 de junio de 2008

El pesebre

Juan Manuel Aragón

La tarde que nació Jesucristo hasta teníamos un coro de ángeles celestiales. Yo estaba ahí con otros, que también habían llevado sus ovejas, pero eran unos perros a los que habíamos pegado algodón para que parecieran ovejas. Martín no quería, porque decía que si ladraban la todos se iban a reír, pero al final salió todo bien, salvo por el Sultán, que cada vez que la gente aplaudía, se sentaba y daba la pata, cosa que no hace ninguna oveja. Al principio, cuando nos apareció el ángel para decirnos que en ese pesebre, había nacido el Mesías, nos hicimos los de no creerle. Mirá si el Mesías, el que nos iba a librar de la opresión de los romanos, va a nacer en un humilde portal de Belén, decíamos. Pero fuimos. Y ahí estaban la Virgen María, tan bonita y San José y el Niño, que era el Raulito de la Nati, envuelto en pañales. Era una escena tan bonita que los villancicos nos salieron naturales, como si no nos hubiéramos estado entrenando toda la semana. Viera de lindo que estaba ese pesebre. Para que la gente no se diera cuenta, doña Marta había dicho que al burro había que sacarlo disimuladamente porque cuando llegaran los Reyes Magos había que usarlo de caballo del Negro Baltasar. Tuvo que intervenir don Albertito, el dueño del burro para que al final lo sacara del cuadro principal.

Yo estaba en el suelo cuando llegaron los Reyes. Miraba para el lado del Niño, blanqueando los ojos, tan bonito que era el changuito, hijo de la Nati, como le dije, una vecina que no quiso hacer nada, pero suficiente con prestar al hijo para que el Pesebre fuera decente. Doña Agustina, que era una de las viejas beatitas que siempre van a misa, dijo que mejor sería poner un muñeco y hasta ofreció uno que tenía en la casa, pero al final se decidió que sería mejor con un niño de carne y hueso. La Nati prometió que lo entregaría dormido y le inventamos una cunita en un cajón de manzanas que las viejas de la parroquia forraron con una tela de raso, sobre unos almohadones pintaron como si fuera unos cabitos de escoba para que pareciera que al Niño lo tenían en pastito seco, pero nada que ver, si no, ¿sabe lo que iba a patalear esa criatura? De todas formas, al final el chico se despertó y como la Virgen María no sabía qué hacer, hubo que llamarla a la madre para que le diera la teta. La gente preguntaba por qué no la habían puesto directamente a la Nati y era porque el que hacía de San José era Antonito Aranda, hermano del dicho padre del changuito y con eso había pica entre las dos familias.

Al final llegaron los Reyes. Yo ya estaba medio aburrido, porque además hacía un calor de infierno. La noche anterior había llovido y los mosquitos no dejaban estar a nadie. Andábamos a los aplausos con los mosquitos. A mí qué me importaba, si total, un pastor viene a ser lo que ahora llaman un trabajador rural de condición humilde y además nadie se fijaba en mí, pero quedaba mal que San José tuviera la cabeza para todos lados, siguiendo el mosquito con la vista, y cada tanto, ¡chas!, sacudiera unito. Entre la Virgen María y la Nati le daban viento al Niño Dios mientras los Reyes, que se habían tomado el papel muy en serio, venían caminando despacito, como si fueran novios. Eso nomás les habíamos recomendado, que actuaran naturalmente, como los reyes modernos, digamos Juancarlos de España o el príncipe Carlos, pero ellos se creerían el Papa o qué y venían a paso de hormiga, che, no había derecho. Quieren robar cámara comentó alguno. Baltasar era el Negro Espíndola, para que sea más negro todavía, le habían pintado la cara con corcho y venía montando el burro. Melchor tenía la misma barba que habíamos usado para hacer la lana de las ovejas y Gaspar se había puesto una sábana dorada, que quién sabe dónde habría encontrado. Gaspar era Cachurero, el cura quería salvarlo y no hallaba manera de que dejara esa costumbre de hallar las cosas antes de que las pierda el dueño, para decirlo de una manera elegante. Los Reyes no le dejaron al Niño oro, incienso y mirra, como decían las viejas que le habían dejado al otro. Baltasar le traía un autito de plástico, Gaspar una bolsa de pañales descartables para la Nati, pobrecita, que estaba criando sola al Raulito y Melchor una camisetita de Boca. En esa parte hubo algunos silbidos de los gallinas, pero nada más, porque cada uno regala lo que siente de corazón, ¿no cree?

La parte de los Santos Inocentes y Herodes mandándolos a matar, no quisimos hacerla. Por varias razones, la primera es que no teníamos presupuesto como para comprar tanto puré de tomate y la segunda porque la vieja beatita no quería prestar su muñeco para que le tiremos tomate por el cuerpo. Ya le habíamos pedido la cuchilla a don Nica, el carnicero, porque esa parte también la queríamos hacer con todo realismo. Pero, como le cuento, no hubo caso y entonces la Virgen y San José se fueron para Egipto porque sí, como quien sale de viaje nomás. Para esa escena ya todos nos retirábamos. Los pastores, los ángeles, Jacinto, que había hecho de estrella con cola y todo, los Reyes Magos, todos nos teníamos que ir, así que estábamos en primera fila, mirando a la Virgen, San José, el Niño y la Nati que lo tenía en brazos. Ella hacía de niñera pero a nadie le pareció mal, si el Niño Dios también tiene derecho a tener niñera. Ellos agarraron sus cositas, una valija vieja, un cochecito, los regalos de los Reyes y se mandaron a mudar del Pesebre. Bueno, en realidad se metieron por la puerta de la sacristía. El público quedó un instante mudo de la emoción. Y ya se largaron todos a aplaudir. A mí, qué quiere que le diga, me corría una agüita por la cara, pero debe haber sido una basurita o algo, porque nunca me sabe pasar. Y al final saludamos todos, tomados de la mano, como habíamos visto que hacían en la tele cuando pasaban una obra de teatro. Todo había salido bien bonito. Viera.