26 de junio de 2008

Que sepas


Inés Negrete (*)

Ghaguá, me han contado que estabas mal hermano. ¿Qué te ha pasado? ¿Qué pasó?

Nunca pudimos hablar mirándonos a los ojos vos y yo, Chaguá, desde hace mil años, desde que éramos chicos, chiquititos, será por esa tontería que tus padres y mis padres contaron y volvieron a contar cada vez que estaríamos juntos, a veces delante de gente, en todas las fiestas, mirá que fueron muchas durante muchísimos años, esa leyenda familiar que se difundió y provocaba risas y guiños, que nos horrorizaba. Porque siempre nos molestó Chaguá, aunque lo neguemos, en particular en esos años de la adolescencia, tan frágiles. Eso ya no tiene ninguna importancia, por supuesto, sin embargo hasta el día de hoy nuestras miradas son tímidas, la conversación farragosa, vale, no exagero, tampoco incómoda, sabemos que nunca logramos la intimidad. Vos y yo hubiéramos podido ser amigos, y nunca nos animamos. Unas palabras pronunciadas por mí a los tres nos alejó insidiosamente. Toda una vida, Chaguá, cuántas veces habremos pasado tiempo en una cocina tu cuerpo alto agachado y concentrado sobre una mesa preparando las mejores empanadas del mundo, las que te enseño tu mamá y tu tía abuela y que conseguiste superar hasta volverlas arte. Cocinero. Te veo ahora, riéndote de lado, manos a la obra, haciendo bromas sobre mi papá, sobre todos los demás, cantando, ¡cómo te gusta cantar! o simplemente conversando. Hace poco me contó una amiga que cuando tenías dieciséis años eras el chico más hermoso del barrio, ¿sabías? Mis amigas venían a mi casa y se quedaban pasmadas cuando te veían llegar. Todas querían que te presente. Y yo me hacía la tonta. Si eras Chaguá. Qué locas. Miranos ahora, pelotudos grandes con varias vidas de por medio, cinco hijos en total, seguimos esquivando el cariño que hoy te digo, te lo digo mirándote a los ojos.

Eras hermoso, por dentro y por fuera, y lo sigues siendo, aunque te quemes y te maltrates, aunque dirijas una violencia desesperada hacia vos mismo, aunque hayas elegido la muerte, una muerte lenta, interrumpida, recurrente que te aleja de todo y de todos. Ya, me dirás que no te importa, qué estás más allá de la vida. No sé, te podría gritar que no es verdad, pero no soy cura, ni médico, soy una chica que ha compartido tu cuna. De la vida ¿qué voy a saber yo? Uno tropieza todo el tiempo, pero ¿no te parece posible que se haya inventado caerse para poder volverse a levantar?, los desgraciados son los que no se caen. Abrir los ojos fue siempre mi antídoto contra la desesperación y la vida humana: su opuesto, sencillamente, humildemente. Chaguá, me han contado que estabas mal, y ahora quisiera que me lo digas vos a mí mirándome a los ojos. Mirame bien de frente, te escucho.


(*) Corresponsal en Francia.