26 de junio de 2008

Nochebuena

Ginés Alcántara Martínez (*)

Salió de la cama, furiosa. Ian mantuvo el pico cerrado, se limitaba a fumar. Iria se vistió con desagrado, estaba irascible. Sus ruidos intrusos -cremalleras, hebillas, corchetes, pasadores- cubrían de polvo y telarañas los rincones amarillos detrás de la mesilla, inmutables intersecciones de rodapiés que mantenían al universo sujeto con alfileres demasiado frágiles para soportar tanto ruido. La tarde se moría precaria, así, tal como parecía, en los arrabales cochambrosos de sus diecisiete años.

En la calle, Iria recibió la noche iluminada por los fríos inviernos. En las casas cundía el nerviosismo a pesar de las canciones, viejas, trasmitidas con hematomas a los niños: «los papás-hijos no maduran y se mantienen infantes hasta los cuarenta, y no se diferencian de los nietos, confusos como ellos y confusos ellos y podridos de concesiones administrativas y pequeños placeres de tantos maestros aprendidas: escritores, músicos, y artistas que murieron en la miseria alcohólica y ahora son los padres de la conciencia práctica, dinámica y crítica de los niños de cuarenta y tantos. Dios mío».

Iria caminó hasta su casa. No quería participar, pero su madre había insistido tanto que se le hizo violento seguir golpeándola: su vieja se tomaba cada negativa como una bofetada -si en la clase media la niñez se daba la mano con la jubilación, indiscernibles ambas, en la miseria sí que se envejecía, y en sus garras los niños se hacían hombres sin salir del colegio. Esa hombría prematura era aún peor que la niñez inagotable-.

Llegó con retraso. Su mamá daba los últimos retoques a la mesa. Dos niños jugaban a sombras chinescas en una esquina de la estancia, ensimismados: eran sus hermanos, mellizos nacidos con tanto peligro como la edad avanzada de su madre. Un desagradable doble accidente.

Sorprendentemente, aquella mujer siempre lo conseguía. Iria se la imaginaba escondiendo monedas para que su marido no las echara en falta durante los últimos meses y así, sin que nadie supiera de dónde, apareciera siempre una cena de nochebuena sin necesidad de atracar un banco. Su madre la besó, agradecida, y mandó a sus dos hijos menores a que se lavaran las manos: «papá está a punto de llegar y este año todo saldrá bien». Una imagen de la Virgen que había rescatado de un almanaque años atrás y que tenía colgada con una chincheta sobre su mesilla de noche se le apareció en los últimos sueños y le calmó los miedos: se materializaba a los pies de la cama, con rayos que salían de su aro de santa y que deslumbraban a la pobre mujer, cuando su marido ya se había ido al trabajo o al bar, después de que ella se metiera otra vez entre las sábanas para calentarse los sabañones, y le decía lo bien que iba a marchar la cercana navidad. Se lo contó a su hija.

Se asomó a la ventana: la nieve caía sobre la hormigonera y otros aperos que su marido tenía desperdigados por el patio. La tormenta del mes pasado había dejado más nieve que otros años y el galpón donde guardaba sus herramientas de albañil se derrumbó con el peso. Aquellos aparatos le daban un aire aún más solitario al patio que se escapaba sobre la acera por los trozos de valla reventados. Desde el otro extremo, parpadeantes luces de colores iluminaban el silencio solitario por el que tendría que venir su hombre hasta el final de la calle sin salida. Se santiguó antes de separarse del cristal y volvió a repasar de cabeza los pírricos regalos que tenía guardados para cada miembro de su familia. Iria, en silencio, casi podía oír las palabras que su madre pensaba: simples, estúpidas, tercas de esperanza.

-Mamá, quizás se retrase. Quizás esté borracho y no venga hasta la madrugada.

-¿Por qué dices eso? Siempre has estado contra él, Iria, intenta ser amable esta noche, por favor, no te pido más, sólo esta noche.

-Como quieras, mamá.

Los niños se miraban entre sí, y la madre iba de la mesa a la ventana: cambiaba de lugar un salero, alisaba el mantel, volvía a la ventana. Cuando se empezó a enfriar la carne, la devolvió al horno. En el silencio de la casa sólo la respiración agitada de la madre y sus ruidos culinarios quebraban la noche. Hacía rato que las calles se habían quedado solas. A lo lejos se escuchaban canciones navideñas traídas por el viento, iban y venían, se apabagan y crecían. Cuando la carne comenzó a endurecerse la madre apagó el horno y la cubrió con un paño para que mantuviera la humedad. Los niños querían un bocadillo para cenar y meterse en la cama. Iria buscó por los armarios y encontró una botella de vino.

-Papá está a punto de venir, aguantad un poco. Lo pasaremos bien, veréis.

Más tarde, en el extremo de la calle se oyeron trompicones seguidos por unas cuantas maldiciones.

-Es papá -dijo la madre.

Pronto sonaron las gruesas botas que el padre sacudía contra el entablado del porche para quitarse la nieve. La puerta se abrió de par en par. El hombre llevaba una botella en una mano y una gran bolsa de plástico en la otra. La madre se asustó cuando descubrió la camisa de su marido cubierta con gruesos regueros de sangre. Le había chorreado la nariz y la barba se veía pegajosa y manchada de oscuro.

-¿Qué te ha pasado? ¿Estás mal?

El padre sonreía.

-Nada, mujer. Patiné en la calle. La nieve se ha helado y está res

baladiza, la cabrona. Me caí de morros.

-Pero, vas sangrando…

-Te digo que no es nada ¿vale? Venga, alegría, he traído cotillones para todos… Incluso para ésta -dijo, dirigiéndose a Iria-. ¡Vamos a celebrarlo!

-Vamos a cenar antes…

-¿Cenar? Ya he cenado. Vamos, Iria, ponte el capirote, y vosotros también, pasmados -apremió a sus hijos.

-Lávate, hombre -le dijo Iria-. Da asco mirarte con esa cara de sangre. Lávate y cámbiate.

-Pero ¿quién te has creído que eres para hablarme así? He trabajado duro desde los trece años, he trabajado para manteneros, para daros un futuro, para…

-No tenemos futuro -lo cortó la hija.

-Iria, no le hables así a tu padre.

-No, no me hables así.

El padre avanzó y aquellos dedos como morcillas apenas rozaron el rostro de Iria, que cayó a medio metro de la silla.

-No, por favor, Martín, he preparado una cena estupenda. Déjala. Es difícil esta chica. Lávate y vamos a cenar, por el amor de dios, como una familia cristiana.

-No soporto que esa puta se interponga en mi camino -amenazó a Iria por encima del la cabeza de su madre, que lo empujaba al lavabo.

La madre repartió raciones de carne dura en los platos. El hombre miró con fatiga su tenedor. Lo dejó sobre la mesa y le dio un trago a la botella. La mujer cortaba la carne rígida y la terminaba de partir a bocados, como un perro. Iria se había bebido todo el vino cuando su padre se percató. Puso cara de hurón atracado, pero se carcajeó sin venir a cuento:

-Hija, eres mi propio retrato. Al final vamos a terminar el año con alegría y todo, ya veréis.

Repartió los capirotes, las serpentinas, los antifaces, los confetis.

-Eso es para nochevieja, fin de año, no para hoy. Hoy es nochebuena.

El padre miró a Iria sin interés, hasta que las palabras fueron adquiriendo sentido en su cabeza. No era adecuada la sorpresa su sorpresa. Las bolsas de cotillones parecían animales muertos sobre la mesa, como si hubieran llovido peces del cielo, ingrávidos, antinaturales.

El padre gimió, enrojeció, agarró a botella que había traído, se puso el abrigo y se largó dando un portazo. El crucifijo clavado encima del marco de la puerta se desprendió. Su madre se asomó a la ventana, Iria también: el hombre cruzaba la valla del patio, cerró la cancela con furia, una manga se enganchó en una astilla, patinó y cayó contra la puerta. Después se escurrió sobre la acera hasta que la prenda se rasgó y su culo resbaló unos cuantos metros más, calle abajo.

Iria quería morirse. Quería volver con Ian y olvidarse de toda esa mierda. Su madre se arrodilló junto al crucifijo. Iria pasó a su lado y salió de la casa. Desde la cancela volvió la cabeza y vio a la mujer a contraluz, como una enana cabizbaja, recibiendo el aire frío de la calle. La imaginó llorándole al crucifijo como a un hijo muerto. Sabía que las sombras de dos niños se mantenían quietas detrás de su madre, cerca de la mesa. No quiso pensar en ellos. Lo hizo en Ian, en las sustancias milagrosas que conseguía mezclar, en su sexo. Aceleró el paso de vuelta a su cama. Deseó que pasara mucho tiempo antes de volver a encontrase con su madre.

(*) Diciembre del 2006, especial para "El punto y la coma"
El autor de este cuento reside en Murcia, España, es colaborador (corresponsal) de esta publicación, en España. Para contactarse con él ver su blog.