26 de junio de 2008

Renacer de la cultura

Durante cerca de cuarenta años las bibliotecas populares fueron olímpicamente ignoradas por los santiagueños. Retomaron su protagonismo después de la primera crisis económica grave desde la recuperación de la democracia, cuando en 1999, Raúl Alfonsín, abandonaba precipitadamente la Casa Rosada. Desde mediados de la década del 50, hasta principios de la década del 90, las bibliotecas estuvieron en manos de algunos viejos colaboradores de los fundadores: en muchos casos con más entusiasmo que profesión, sostuvieron las instituciones, les insuflaron vida, cuidaron el tesoro que tenían entre manos y evitaron que sus descascaradas paredes se cayeran sobre los pocos lectores que concurrían a ellas.

¿Qué pasó durante ese tiempo para que desaparecieran las bibliotecas? Según algunos, durante ese tiempo, pocos padres carecieron de dinero para comprar a sus hijos los libros que necesitaban para estudiar. El obrero más humilde tenía dinero como para mandar a su hijo a la escuela de la vuelta, comprarle el libro de lectura y el manual en la primaria, los textos que necesitaba en la secundaria y -si la suerte lo ayudaba-los tratados que eventualmente le pidieran en la universidad. Había casas en las que se compraban diez o doce revistas semanales, padres que compraban -un decir- "Mecánica popular", no porque se dedicaran a las actividades manuales, sino por las dudas alguno de los hijos quisiera estudiar ingeniería.

La industria editorial argentina era más poderosa incluso que la española.

Pero, claro, en ese tiempo, uno de los lugares más bajos en la escala social, era el de obrero no calificado de alguna industria. No se había difundido el fenómeno del cartonerismo como una profesión digna. Un pobre aspiraba a que sus hijos estudiaran y fueran algo en la vida, el cartonero quiere conseguir un caballo y un carrito, un pobre se ufanaba de que había trabajado como un animal durante toda su vida y que por lo tanto no aceptaría lismosnas, un cartonero exige los planes sociales como un derecho fundamental e inalienable.

La década del 90 dejó a los obreros del riel, a los petroleros, a los telefónicos y a muchos otros en la calle. Colapsó un sistema que se había ido alimentando quizás desde un tiempo antes de Perón. Desde entonces nadie está seguro en su trabajo, las condiciones del mercado cambian todos los días, el comercio es un tembladeral, pocas industrias se salvaron de la quiebra y hasta las relaciones familiares cambiaron.

Y para leer, para estudiar, hubo que regresar a las bibliotecas populares. No quedó otra. La institución en la que alguna vez estudiaron los pobres absolutos se llenaron de los nietos de aquel obrero de la clase media que luchaba para que sus hijos fueran mejor que él. En algunos casos, como se vio en Santiago, hubo que recurrir a patriadas para recuperarlas de manos de esos viejos bibliotecarios perdidos en el tiempo, que se aferraban a los pocos privilegios que les daba el ser dueños y señores de esos feudos de papel viejo, ratas y moho. Como también se conocieron casos de patriotismo puro y duro, en algunos que defendieron a capa y espada la biblioteca, porque a algún pícaro se le ocurría que el terreno podía servir para sede de algún club afín al gobierno.

Las bibliotecas populares volvieron porque también volvió la necesidad de que existan. En la mayoría, sus autoridades se esfuerzan por dinamizar sus actividades, por expandir los conocimientos que desde ellas deben irradiar, por ser factores de cultura en el barrio, por hacer de la lectura una actividad placentera entre los chicos. Con los nuevos aires que soplan en ellas, es posible que una nueva prosperidad no logre hacerlas casi desaparecer. Es de esperar que así sea.