8 de julio de 2008

Conversación


Ginés Alcántara Martínez (*)


Ocultas tras varios estantes de libros puedo escuchar las voces de una conversación en la biblioteca, desierta a estas horas de la noche. Me acabo de despertar con un fuerte dolor en el cuello, agarrotado por la mala postura en la silla y con un libro en el regazo. Debo haberme quedado dormido mientras leía en este rincón y nadie se ha percatado al cerrar el local. Si son vigilantes les explicaré mi situación; si me ha sucedido no será tan extravagante como me parece. La oscuridad es completamente inusual en este sitio, al menos para mí. Me acerco despacio al lugar de donde que surgen las voces. La escena está iluminada. No son, en principio, personal de seguridad. Un hombre apoya la espalda contra una estantería y escucha a una mujer sentada en el segundo peldaño de una escalera que arranca al final de un pasillo entre paredes de libros. Ambos fuman, a veces sus palabras salen envueltas en humo.

-Oh, es insoportable, Ray. Si tuvieras que vivirlo tú…
-Lo vivo, Arlene. A fin de cuentas tú sólo experimentas el momento cuando sucede; yo lo llevo dentro, y no sólo el fruto, sino la semilla de la que todo nace.
-Reconozco que con mi primer marido, Sam, no me fue tan mal durante una temporada. Pero tuviste que entrometerte con aquella mujer que necesitaba un fontanero.
-Esas cosas suceden Arlene, no puedo esquivarlas, es algo imposible para mí. Siempre he sido honesto, y, quiera o no, si sucedió no está en mi mano obviarlo, lo sabes bien.
-No, no sé nada. Lo que sé es que me costó mucho confiar de nuevo en los hombres después de Sam, si es que he vuelto a hacerlo alguna vez.
-No se trata tanto de los hombres como del género humano, Arlene.
-Bla, bla, bla. Palabras, literatura, ¿de qué me sirven las palabras? Cuando dejé a Sam pasé unos meses terribles con la niña, de un alquiler barato a otro más barato, hasta que decidí aprovechar mi única carta ganadora en aquellos primeros tiempos.
La mujer se recoge un mechón de cabello rubio detrás de la oreja y mira desde abajo a la cara del hombre. Sus ojos azules están mojados. Yo observo desde muy cerca, por una ranura entre dos tomos. Me he aproximado sin tener plena conciencia de ello, como en un sueño, y contengo el aliento sin deseos de revelar mi presencia, hipnotizado por la luz que los protege de las sombras. Su vestimenta, ahora me percato, resulta un tanto curiosa, como pasada de moda, pero perfecta para las personas que hablan.
-No puedes quejarte de eso Arlene, ni la edad ha acabado con tu atractivo. A veces pienso que tus maridos, los hombres que te han tenido, no han sido dignos de descubrirte. No has dado con el que te convenía. Los habrá, ¿no crees?
-No sé. Yo desde luego no voy a conocerlos jamás.
-Es cierto, tú no.

La mujer arroja la colilla sin apagar. Rebota en el suelo, fuera del círculo de luz y saca chispas anaranjadas a la oscuridad. Se detiene muy cerca de mis deportivos. Un fogonazo de calor me sube por el pecho y me enciende la cara. El sudor moja el cuello de mi camisa.
-A veces me siento culpable por el daño que les puedo hacer. Uso a los hombres, es cierto, sobre todo después de lo de Sam: necesitaba un hogar para la niña, un sitio, un techo sobre la cabeza, una cama, alimentos. No es fácil si eres tan joven. Quizás alguno merezca la pena, quizás entre ellos esté el que me conviene, pero el despecho no me deja, no puedo Ray.
-Lo sé.
-Hasta que aparece el loco de Jim y pone de cabeza todo mi universo, me desmonta las defensas y convierte mi vida en una anarquía de sentimientos.
-Jim siempre ha sido inmune a tus encantos.
-¡Ja!, una frase hecha.
-Sí, los lugares comunes son los más comunes.
-Pero tú nunca te has perdonado ninguno.
-Lo he procurado, como todos los escritores.
-Enciéndeme un pitillo.
El hombre se saca un cigarrillo de la cazadora y lo enciende. Se lo alarga a la mujer, que le da dos caladas y se estremece, se remueve inquieta, como si un mal aire la hubiera alcanzado por sorpresa.-Nunca supe que estaba enamorada de Jim hasta que se marchó. Se fue porque sí, sin ningún motivo, igual que no parecía tenerlo tampoco para quedarse, pero eligió largarse y entonces lo supe. Me sentí humillada no tanto por él como por mí misma, por haberme dejado…, o por ti, por hacerme perder la perspectiva, por apartarme de lo esencial.
-No fui yo Arlene, las cosas suceden porque el mundo da vueltas, porque el sol sale y se pone. Yo no soy Dios.
-Supongo que a veces te lo crees.
La rubia sonríe con tristeza. El hombre cruza los brazos, tranquilo, dispuesto a aguantar lo que le caiga, resignado, pero sin rastros de culpabilidad o desánimo en la cara.
-Ray, lo que has hecho conmigo es una cabronada. Y aún podría comprenderte y perdonarte si todo fuera como al principio. Antes de convertirte en un autor de culto la cosa era soportable. Me ocurrían las mismas cabronadas una y otra vez, qué remedio, es mi destino, pero no tan a menudo como ahora. Vivo un torbellino de fracasos, de renacer para volver a caer, de revivir las mismas oportunidades repetidas, como ese sol que sale y se pone cada día, ese que tú dices.
La mujer esconde la cara tras las manos y gime. La ceniza del cigarrillo se desprende sobre el vuelo estampado de su vestido y rueda hasta caer al suelo. El hombre, como yo, se queda mirando el polvo gris mientras la rubia llora con espasmos contenidos.
-Arlene, he sido fiel a mis principios.
-Sí, por tus principios me has jodido la vida.
-Nunca imaginé que esto pasaría con mis cuentos. A pesar de que me esforcé trabajando decenas de horas en una narración que un lector devora en quince minutos, nunca, jamás supuse el alcance que tendrían. Lo siento por ti, de veras, nadie se merece algo así. Lo siento.
-Cada vez que un posible lector elige el libro del estante y la luz se abre camino entre las páginas me echo a temblar y rezo para que le disguste tu prosa. Pero no, es como si los lectores que te eligen vinieran a tiro hecho, ¡¡Dios!!
Un golpe a mis espaldas hace que los tres miremos en esa dirección. El libro que yo había dejado abierto sobre la silla, como estrellado contra el asiento, se ha caído. Yo estoy en línea y vuelvo la cabeza con la certeza de que me han descubierto, pero los dos han desaparecido, y con ellos, los restos de ceniza e incluso el olor a tabaco. Al extremo del escalón donde estaba sentada la mujer hay un libro. Estoy temblando, y no es de frío. Me quedo allí esperando, parado, sin saber qué hacer. La luz se ha ido atenuando y ahora todo está débilmente iluminado por el resplandor de las farolas que entra de la calle. Al cabo, me acerco a la escalera y cojo el libro. Está roñoso, muy usado, con algunas hojas sueltas: se nota que ha pasado por muchas manos, de dedos sucios. Se titula "Tres rosas amarillas", y el autor es Raymond Carver.
Recorro las distintas estancias de la biblioteca y llamo en voz alta sin encontrar a nadie. Enciendo el móvil: un centenar de llamadas perdidas de mi mujer. Marco su número y le explico que estoy encerrado en la biblioteca regional, que me quedé dormido y no puedo salir hasta que no abran por la mañana. Me dice que vaya excusa de mierda y me cuelga el teléfono. En el fondo es cierto, estoy con mi amante, como siempre que el asunto se pone cuesta arriba y necesito un escape, como hoy, como tantas veces. Pero nunca había pasado la noche con ella, es la primera vez y me gusta. Aún quedan unas cuantas horas hasta el amanecer. Busco un lugar que tenga una lámpara de mesa y me acomodo bajo la luz. El libro huele mal, a dedos manchados de tabaco y sudor, pronto deberán reemplazarlo por un ejemplar nuevo. Veo que las páginas sueltas están en orden y no falta ninguna. Lo abro con sumo cuidado por el primer cuento y empiezo a leer.
"Cuando Jim se despertó a las siete de la mañana, saltó de la cama y recorrió todas las ventanas del dormitorio. Estaba tan acostumbrado al ruido y al hacinamiento de la ciudad que después de seis días en New Hampshire aún le parecía extraña y violenta la belleza de una mañana en el campo. Arlene seguía dormida en su lado de la cama…"
Pienso que la mujer va a pasar una vez más por los fracasos encadenados de su vida. Me apena recordar la tristeza de sus ojos, la sensualidad de sus labios, las marcas de carmín en la boquilla del cigarrillo, pero, ¡qué demonios!, ni una bomba podría apartarme ahora de la lectura que tengo por delante.
(*) Corresponsal en Murcia, España.