15 de julio de 2008

Experiencia vital

Juan Manuel Aragón

Jorge Juan comenzó su carrera de fotógrafo en Suncho Corral. También es uno de los cineastas que mejor ha mostrado la realidad de Santiago y de Siria y El Líbano, el pago de sus abuelos. Aquí cuenta algunos detalles de su apasionante trabajo.

El fotógrafo Jorge Eduardo Juan, desborda entusiasmo cuando se le pide que cuente sus comienzos como fotógrafo y realizador cinematográfico.
“Al lado de mi casa, en Suncho Corral, estaba el cine Monumental, esto influyó vitalmente en mi carrera. Era un cine con una construcción hecha especialmente para cine, muy moderno para la época. Te diría que yo vivía para el cine, no solamente durante la función, que los sábados y domingo tenía dos funciones, matinée y noche, sino que al día siguiente, cuando limpiaban la cabina de proyección, siempre quedaban retacitos de películas, Carlos Estrada, Lolita Torres y esos fotogramas que me enloquecían. Mis padres, que eran comerciantes, se visitaban con otra gente, hablaban de sus cosas y con las chicas, empleadas domésticas que trabajaban en esas casas, en los rollos de papel de las calculadoras de antes, pegábamos fotitos como si fuesen secuencias de las películas. Esa era mi pasión.”
Después cuenta que cuando le va mal en el cursillo de ingreso, en la facultad de Arquitectura en Córdoba, en el 69, no quería estar sin hacer nada y se inscribió en un curso por correspondencia, en la escuela Sudamericana pero, dice “tampoco iba a aguantar todo lo que dura el estudio por correo así que fue vital mi experiencia con Tití Cervera, que me dio un curso y Guillermo Morales, que me enseñó a revelar”.
Y a los dos meses de su “mala hora” en Córdoba, para la fiesta del 25 de Mayo ya estaba sacando fotos en Suncho, profesionalmente. “Quería revertir rápido la experiencia, no soy de cantarle a los fracasos”.
Así comenzó su carrera, pero además con una seguridad total, porque conocía la sociología de Suncho, sabía que iba a hacer lo que quería y así fue, porque no terminó ese año y ya en el 70 hacía audiovisuales.
Hacía secuencias de los partidos de fútbol o de otros acontecimientos del pueblo. Los trenes pasaban dos o tres veces por semana, y Jorge Juan enviaba rollos con diapositivas al laboratorio Agfa, de Tucumán.
El viernes ya tenía el revelado. Después pasaba las diapositivas en una confitería que lo auspiciaba.
También revelaba en blanco y negro y, por supuesto, la gran entrada de dinero era en carnaval, porque en esa época la gente que venía de Buenos Aires, sacaba seis o siete rollos por noche. “El revelador tenía olor a talco y a fijador y a cerveza y a pastel. Son recuerdos muy fuertes que tengo del pueblo”, dice, rememorando esos tiempos…
-¿Cuándo viene a Santiago?
-Siempre venía a Santiago por cuestiones familiares o sociales. En una época la clase media de Suncho quedó vaciada, porque el pueblo dependía del trabajo forestal. En el 70 muchos amigos y amigas se vienen a Santiago y yo venía a sus fiestas de quince, cumpleaños o venía un cantante o pasaban una película que había que ver.

-Pero, cuándo se instala definitivamente en Santiago.
-Mirá, ni hasta hoy puede decir definitivamente, porque por ahí me llaman a hacer fotos en medio del monte o a filmar algo que me interesa y voy, por eso no te puedo decir que estoy definitivamente en Santiago. Pero en el 85 me establezco con local, con nombre apellido y dirección.
-¿Cuál fue su primera cámara fotográfica?
-Una Beirette, que me prestó mi amigo Chochín Vittar, después tuve una Ricoh, de la Negrita de Julián, de Suncho también y mi madre después me regaló una Topcon que adquirió en Buenos Aires adonde ella siempre iba a comprar ropa para el negocio. La estrené el 9 de julio del 69, fue la primera cámara mía.
-Pero también tiene una importante participación en el cine.
-Antes de “Por qué, por quién”, que fue la primera película que se comenzó a filmar en enero del 71, hice cortometrajes. Le compré los equipos a Hugo Ferreyra Marcos, de Tucumán que traía cosas muy novedosas. Le compro la máquina filmadora y el proyector en agosto o septiembre del 70. Y en el 72 filmo “Por qué, por quién”. Paralelamente ya había comenzado estudios de sociología. La película trata sobre la explotación del obrero forestal. La hicimos con un grupo de gente que había hecho teatro, de la generación anterior y de la nuestra, que éramos universitarios, estudiábamos sociología, abogacía y el protagonista estudiaba medicina. La película fue filmada en Suncho Corral, con exteriores en Córdoba, Tucumán y Santiago y la publicidad decía: “Queda a criterio del espectador si los hechos que transcribimos pertenecen a la realidad o a la imaginación del autor”. Fue la primera película hecha íntegramente en Santiago del Estero.

-Qué recuerdos tiene de la película.
-Fue filmada en Súper 8 y tenía un potente mensaje social. Yo estaba en una carrera, sociología, que para la época era considerada “caliente”. La gente miraba a un sector de la sociedad de Suncho y veía que abusaba de los peones y a pesar de que convivíamos con esa gente, éramos conscientes de lo que pasaba y queríamos tomar partido, mostrar que no estábamos de acuerdo. Pero tampoco queríamos estar del lado de la reacción a eso, que era la violencia. La prueba está en que cuando la pasamos en Córdoba -estuvo tres meses en cartelera- mucha gente que se había pasado decididamente del lado de la violencia, quería que le cortara el final, cuando mueren los protagonistas. Yo no entendía por qué llegar al extremo de tomar las armas. Cuando pasé la película en Córdoba observé el sinsentido de la violencia. Algunos entraban con ametralladoras a la proyección.
-¿En Santiago estuvo mucho tiempo en cartel?
-Aquí se estrenó en el teatro 25 de Mayo, en verano, un tiempo imposible. Pero yo quería, sobre todo, que se conociera en los departamentos de la provincia. Para un muchacho de veinte años, fue algo histórico en mi vida, emocionante, inolvidable. Estuve en todos los pueblos. En Pinto se quedó toda la gente a debatir el tema, nadie se retiró del cine. Si bien soy de Suncho, mi segundo pueblo es Pinto, porque ahí conocí muchos amigos. También estuve en Ojo de Agua, Añatuya, Monte Quemado, donde pidieron que la repita, Ceres, Santa Fe.
También la llevé a Buenos Aires, a la Casa de Santiago.
-Después sigue llevando la fotografía paralelamente con el cine.
-Claro, nunca he dejado de producir. Si hay algo de lo que me enorgullezco es de haber revalorizado con dinero propio y un esfuerzo grandísimo, el tema del quichua, al que le dediqué cinco películas. En agosto del 82 filmamos la vida de don Sixto Palavecino en Barrancas, pero ocurre un imprevisto. Estábamos en la casa de Mario Garnica, a la noche, que tiene, como dicen en el campo, un “bolicho”. Don Sixto había ido a desempolvar un violín, porque el dueño, que era de apellido Bravo, había fallecido. La viuda lo llevó envuelto en una tela negra. Don Sixto lo sacó y la gente bailó como hasta las 4 ó 5 de la madrugada. Después viene gente a comprar velas y nos enteramos de que había un velorio en Villa Salavina. Yo tenía los 5 rollitos de Super 8, que duran cuatro minutos. Cambiamos de planes, había que filmar el velorio, sí o sí. Y logramos la película que más premios ha conseguido.
-Con los cánticos en quichua...
-Con las alabanzas en quichua, ¡claro!, ¡claro! Pero, te cuento, iba filmando esta película y en la puerta del cementerio se me acaban los rollos, estaba a mil por hora, hacía tomas de todos los ángulos. Así que ahí tomé fotos y las secuencias finales son fotografías en blanco y negro. Y salió una película redondita, cinematográficamente hablando.
-Y estuvo con don Sixto en la Universidad de Belgrano.
-Claro, ahí estuvo con los grandes folklorólogos. Por Santiago estaba el Gordo Faro, pero la que estuvo brillante esa noche y se robó los aplausos fue Teresita Faro del Castaño. Estaba también el Chúcaro con Norma Viola -que terminaron bailando con el violín de don Sixto- y también Félix Coluccio, en fin estaba lo máximo del folklore argentino. Yo lo llevé a Michi Aparicio, pero también estaban entre el público Norma Aleandro, Horacio Guaraní. Y don Sixto se robó la sonrisa de la gente, cuando contó la entrada a la Salamanca con la víbora, entrar sin ropa, todo eso. Y se venía abajo el auditorio de la Universidad de Belgrano.

-También filmó en el Paraguay.
-Sí, con el francés Eric Courthès. Después de la película con Sixto, un día se me presenta aquí la querida Hilda Juárez de Paz para pedirme que haga una película, “Mi niño quichua”, un homenaje a su hija, que había fallecido hacía poco. Con todo gusto accedí. Y en el ómnibus conocimos a Eric Courthès, que estaba con una chica tucumana. Convivimos con ellos cuatro o cinco días en el campo, en la Nueva Colonia, departamento Figueroa. Esa amistad perduró. Después volvió, lo llevé a la casa de don Sixto, a lo de Domingo Bravo. En el 98 presenta su tesis, él sostenía que el quichua estaba en Santiago desde antes de los españoles. Y en el 2000 se fue al Paraguay a estudiar el guaraní. Quería filmar conmigo. Y nos vamos a filmar a Augusto Roa Bastos, a quien le hicimos un reportaje extensísimo sobre los lugares en que habían transcurrido sus libros... la Guerra del Chaco, donde transcurre Hijo de hombre.
-¿Y qué pasó en Siria y El Líbano?
-Lo que aquí fue plácido, tranquilo, pero casi rocé el drama en cada paso, cada segundo de mi estadía cuando me encontré con la tierra de mis abuelos. La emoción me embargaba todos los días. Las casas de ellos curiosamente se conservan. El pueblo es Cafarbon y está a 10 kilómetros de la capital, que es Hama. Mis abuelos vinieron para buscar trabajo y además por su religión, el cristianismo. Se terminaba el imperio otomano, esos lugares fueron tomados por franceses, ingleses. Fue muy emocionante porque era el americano que regresaba. Uno cree que los abuelos han venido todos y vos sos una hojita del gajo que se ha ido. Las atenciones que han tenido conmigo, tanto en Siria como en El Líbano, son inolvidables. En cincuenta metros, si había que pasar cinco casas, tenía que calcular seis o siete horas para llegar a la quinta casa. Porque todos te hacían entrar.

-¿Habla árabe?
-Los tonos entiendo, no es que sepa. Yo los entendía. Con un amigo de allá que tiene mi mismo nombre George Hana, Jorge Juan, trabajamos durante dos años en la película, “Tierra de los abuelos”, él me ayudó en la traducción sobre todo. Yo estaba en un laberinto y necesitaba alguien que estuviera a mi lado, que le pusiera polenta, que me ayudara a decidir qué música le pondríamos. Porque queríamos entretener a todo el público, aunque no fuera árabe. Y creo que salió linda...
Dice Jorge Juan y se queda pensando un rato, en silencio.