13 de julio de 2008

Juan Alfonso Carrizo


Julián Cáceres Freyre


En 1995 Julián Cáceres Freyre le encarga a Juan Manuel Aragón el trabajo de ordenar hojas de cuaderno de una recopilación que había hecho años antes en Santiago. Con motivo del intercambio epistolar que se generó entre ambos, Cáceres envió a Aragón esta biografía que hasta hoy había permanecido inédita y que su hijo Juan entregó a esta revista para que fuera publicada.

Acaban de cumplirse cien años del nacimiento de quien fuera el más destacado investigador y recopilador de la poesía popular de nuestro país, especialmente de las regiones que integraron el antiguo Tucma (posteriormente el Tucumán), o sea nuestro noroeste quichuizado debido a la acción de la conquista que de ese territorio hicieran los incas del Perú, hacia el año 1480 de la era cristiana.

Se trata de Juan Alfonso Carrizo, quien naciera en San Antonio de Piedra Blanca (hoy, Fray Mamerto Esquiú), pueblo situado a diez kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca, capital provincial.
Nacido en un honorable hogar de labradores, acrisolado por las virtudes más acendradas de las tradicionales familias vallistas, la sencillez y la profunda devoción cristiana de sus mayores impregnaron toda su vida. Tuvo es hogar por escuela, ya que fue en la casa de sus padres donde recibió las primeras enseñanzas.
A los cinco años, el pequeño Alfonso ya sabía leer y escribir. Completó el ciclo primario en la escuela de su pueblo natal para luego ingresar en la Normal de la capital catamarqueña. Allí tuvo una influencia decisiva en su futura vocación de folklorista, el trato con su profesor de literatura de tercer año, señor José Palemón Castro, quien, sin duda, alertado por la predisposición que el joven alumno demostrada por la poesía tradicional popular, al repartir los temas de composición que encargaba a los alumnos para coronar el fin de curso, le encomendó, en 1916, que escribiera una monografía recopilando, para ello, la poesía tradicional de su provincia natal.
Así procedió el joven y, terminado el trabajo, lo llevó al Seminario Conciliar de la Diócesis para mostrárselo y pedir consejo a uno de los profesores de esa casa, el padre lourdista Antonio Larrouy, el cual se había destacado en todo el país como historiador del Tucumán hispánico y de la Virgen del Valle, patrona de Catamarca.

El sacerdote, como buen conocedor del método de investigación y preparación de monografías, aconsejó a Carrizo que desechara el trabajo realizado para su curso de literatura y que recomenzara la tarea, poniéndose a averiguar qué obras se habían compuesto en España y otros países de raigambre románica.
Fue así como inició, bajo la mirada cuidadosa del ya para entonces miembro de la Junta de Historia y Numismática Americana, lo que diez años después publicaría con el título de ‘Antiguos cantos populares argentinos’ (1926). De tal manera, con los primeros consejos del padre Larrouy y, además, como auténtico e inteligentísimo autodidacto,
Carrizo continuó la tarea de adquirir conocimiento de los estudios similares que se realizaban en otros países, mientras encaraba al forma de llevar a cabo la recolección de materiales de campo en otras provincias del noroeste, que es la región de mayor raigambre tradicional de la Argentina.
En esos años de 1926, se desempeñaba como maestro de grado en las escuelas Láinez de la Capital Federal, mientras con su modesto sueldo iba adquiriendo libros sobre sus temas de interés, estudiando la bibliografía especializada que tan último le sería en los Cancioneros que produciría en el futuro.

A propósito de libros, diré que cuando lo conocí, en 1937, ya la biblioteca popular de Carrizo era importante, pues había reunido la bibliografía fundamental de las obras referentes a los diversos cancioneros populares españoles, desde los clásicos, como el de Baena, del siglo XV, hasta las colecciones de poesía popular española, recogida por Rodríguez Marín y tantos otros estudiosos peninsulares del tema. Tenía, además, un buen lote de libros y revistas portugueses, así como franceses, italianos y de tantos otros países europeos y americanos.
La biblioteca se complementaba, a más de lo referente a poesía, con muchos libros y revistas de folklore literario, tal como novelística popular (cuentos, adivinanzas, leyendas, creencias, supersticiones) y muchas obras sobre teoría del folklore, literatura castellana en general, diccionarios de todo tipo y un conjunto realmente selecto de libros y colecciones documentales referentes a la historia del período hispánico argentino, especialmente del Noroeste, cuya historia Carrizo llegó a dominar como uno de sus más conspicuos conocedores, pues se vio necesitado y obligado a estudiar con todo detalle el descubrimiento, conquista y evangelización de cada una de las provincias cuyos cancioneros poéticos iba recogiendo.
El estudio histórico preliminar que hiciera, por ejemplo, para su ‘Cancionero popular de la provincia de la Rioja’, es todavía, hoy en día, la más completa historia riojana para el tiempo de la fundación y evangelización.

Sentía una obligación imperiosa de dominar el tema histórico, ya que los acontecimientos habían abierto las vías de comunicación para que, a través del Perú y Chile, penetraran los romances, décimas y coplas que luego habían de constituir el patrimonio cultural tradicional de nuestro Noroeste. Asimismo, el evangelio católico siguió ese camino de penetración lo mismo que el libro, como símbolo de la instrucción
religiosa y civil, a nivel hogareño, que después, poco a poco iría consolidándose en las escuelas, doctrinas y en la Universidad de Córdoba, fundada por la Compañía de Jesús, que divulgaría el conocimiento traído por los hispanos como resumen de la cultura cristiana de occidente de los siglos XVI y XVII.
La aparición escalonada de los nutridos volúmenes de los ‘Cancioneros’ recopilados y abundantemente comentados, con sus señeros prólogos histórico-literarios, y los artículos aparecidos en revistas especializadas y diarios fueron haciendo notoria la personalidad del investigador Carrizo que, el 22 de mayo de 1934, fue incorporado a la Academia Argentina de Letras, como Miembro correspondiente.
Carrizo alcanzó a dar a publicidad los ‘Cancioneros populares’ de las siguientes provincias: Catamarca (1926), Salta (1933), Jujuy (1935), Tucumán (1937) y La Rioja (1942). El de Santiago del Estero (1940), que recogió el doctor Orestes Di Lullo, fue comentado crítica y documentalmente por Carrizo, como no podía ser de otra forma, ya que él era el más versado estudioso argentino en esta materia. Era el equivalente a un Francisco Rodríguez Marín en lo que se refiera el estudio de la poesía similar en España.

Su atrayente personalidad se fue afirmando, manifestada a través de sus abundantes conferencias públicas en las que daba a conocer la existencia del rico cancionero vernáculo aportado principalmente por nuestra Madre Patria, con rasgos importantes del Siglo de Oro y al que se le habían agregado muy pocos elementos procedentes de las lenguas aborígenes americanas y casi ninguno de la cultura negra traída por la trata de esclavos africanos.
En 1940, el propio presidente de la República, doctor Ramón Castillo, que era de Ancasti (provincia de Catamarca), le efectúa una visita en su casa de la calle Chimborazo 2131, en donde tenía su laboratorio de estudios folklóricos y la bien provista biblioteca que ya comentamos y que, a su fallecimiento fuera adquirida por el Conicet para destinarla al Instituto Nacional de Antropología.
Este gesto de distinción y de reconocimiento intelectual que el doctor Castillo efectuara a su comprovinciano quizá hubiera culminado, durante su gobierno, en la creación de un instituto de estudios folklóricos, de no mediar la circunstancia del golpe de estado del 4 de junio de 1943 que derrocara al presidente constitucional. No obstante y felizmente, a fines del mismo año, el gobierno de facto a cargo del general Pedro Pablo Ramírez, con su ministro de Instrucción Pública Gustavo Martínez Zuviría, viendo la trascendencia de la obra realizada hasta entonces por este incansable investigador, resuelve, por decreto 15.951, del 20 de diciembre de 1943, crear el Instituto Nacional de la Tradición, poniendo a su frente al eminente folklorista científico cuyo centenario recordamos.

Si bien la creación del Instituto es un reconocimiento oficial importante a la ingente labor del esforzado intelectual catamarqueño, creo que la mayor satisfacción que recibiera el empeñoso estudioso de la poesía folklórica argentina es el que proporcionara ver publicada, en 1945, su obra magna: ‘Antecedentes hispano-medievales de la poesía tradicional argentina’ que es, algo así como el coronamiento de la labor de tantos años recorriendo pacientemente el territorio de nuestras provincias del Noroeste, recogiendo, de boca de los mismos habitantes criollos de sus pueblos, el tesoro de la poesía que habían recibido sus ancestros, para luego someterla al lente de su microscopio folklórico, desmenuzándola y buscando sus orígenes remotos y su mensaje espiritual y cultural.
Contempla en este libro la influencia de la fe católica en la creación y pervivencia del acervo poético tradicional, la unidad espiritual de América y los factores de esa unidad. Analiza el camino recorrido por la poesía española a través de la versión oral y escrita de los conquistadores, las modalidades comunes en los cantares medievales y en los tradicionales del país. Tras un detenido trabajo que abarca extensos capítulos sobre la glosa, en su paso al Nuevo Mundo y, especialmente, a la actual República Argentina, sobre el romancero y las combinaciones métricas medievales comunes en nuestros cantares tradicionales, llega a la consideración de representativas piezas poéticas y al carácter de la supervivencia que las hace llegar hasta este siglo.
Juan Alfonso Carrizo, militante católico y parte del pueblo criollo argentino de la región más conservadora de la tradicional cultura hispánica, formaba parte, y no podía ser de otra manera, del movimiento tradicional que se oponía, desde el comienzo de nuestra
Revolución de Mayo de 1810, a la llamada ilustración, de raíz laica, sometida a los principios filosóficos de la Revolución Francesa. Su trabajo científico, estudiando nuestra poesía tradicional, le dio más argumentos para concebir una restauración de la escuela basada sobre los principios católicos y su bregar fue constante por verla entronizada.
Aportó un material inmenso, de primera agua, para demostrar cuál era la génesis de nuestra tradición y, si bien no triunfó su tesis y él ha sido olvidado como historiador de la cultura tradicional, el ingente material que recolectó para poner en evidencia su pensamiento, permanece intangible y a salvo para ser utilizado por los que deberán historiar las ideologías argentinas y es un bastión incólume para la nacionalidad argentina.
A cien años de su nacimiento, los argentinos nos encontramos, hoy en día, en un confusionismo cultural que no nos permite entrever una solución a este magno problema de poseer un claro concepto del destino de grandeza que pensábamos le estaba reservado a la República Argentina.