13 de julio de 2008

Sábados


Juan Manuel Aragón

Sin él, los sábados tendrían otro sabor. El Cabezón Paz sabe que tiene que arrimar las mesas los sábados a la mañana, porque allí se juntarán conspicuos amigos a compartir unas empanadas, a pelearse y despelearse por un quítame allá esa fotografía, esa política, esa pintura, esa poesía o aquel verso mal entrazado que apareció un día en tal suplemento.
Martín Bunge le irá dando forma a una mañana que no alcanza a ser recuerdo cuando ya se termina del todo. Y los demás, Meneco Taboada, Raúl Lima, Santi Olmedo, Pío Montenegro, Ricardo Aznárez más algunas fugaces apariciones, completarán un cuadro que nunca termina de ser pintado del todo porque algunos personajes entran y salen de foco a cada instante.


En medio de todos estará siempre presente dando vueltas el alma de Santiago Carrillo, enorme, cantándole a Santiago, ya sea desde la síncopa de una chacarera o de la melodía cadenciosa de una zamba de las de antes, cuando el mundo no sospechaba que el jazz llegaría a ser la lengua franca de los nuevos tiempos.
La Rosa mirará a todos cual ángel custodio relegado a la cocina y una de las chicas de cemento que miran el bar desde la pared de allá, guiñará un ojo a la siesta que se avecina.
Los rumores acerca del levantamiento de este ya mítico lugar de las mañanas de la ciudad, hace tiempo que se esfumaron. Por suerte todavía no hay que lamentar una baja, otra más, de los recuerdos entrañables de Santiago, dice uno, recordando el Trust Pastelero la vieja fuente, el Farolito o el boliche de Turichi, en La Banda.
Que los duendes que protegen a Paulino y su sombra, pidiendo una moneda para comer, sigan cubriendo el bar de los Cabezones, sería un deseo. Que el Guarachero no entre más a molestar con su guaracha y su pegosa voz, sería otro.