15 de julio de 2008

El Ñato

Edgardo Urtubey

Conduzco la moto por el trayecto de todas las noches, con una mano en el bolsillo de la campera y un poco encorvado por el viento. Es tarde, hay poca gente en la calle. La avenida Belgrano, espina vertebral de la ciudad, con los altos y envejecidos álamos bordeando la mitológica acequia, es un pozo de sombras con islotes de luz amarillenta en las esquinas. En la zona céntrica, los comercios aportan la iluminación de las vidrieras; hacia el sur, un barrio más residencial, a mitad de cuadra la oscuridad es tal que apenas se distingue la calzada.
Manejo de memoria, con la atención dividida entre el petardeo uniforme del motor (unos chasquidos intermitentes indican que la cadena está larga), las escasas peripecias del tránsito y el recuerdo inmediato de María, mi novia, de cuya casa vengo, todavía alterado por sus besos y caricias.
A medida que avanzo, en concordancia con el paisaje que registra la visión perimetral, repetidas viñetas se activan en mi cabeza: la fachada sombría y hermosa del Hospital Independencia, la estación de servicio Esso de la calle Rivadavia, el cartel del ACA, el Banco Hipotecario, los quioscos encaramados sobre la acequia que parecen barcos navegando en la noche sombría de los álamos.

Un poco antes de llegar al Colegio de la Asunción salta la cadena con un ruido desagradable. Rezongando porque tengo que ensuciarme las manos cuando falta tan poco para llegar a casa, detengo la moto en la calle oscura y solitaria, la paro sobre el caballete. Miro atentamente por si viene alguien y como no veo un alma, me agacho a trabajar. Creo estar así solo unos segundos cuando me sorprende el golpe, un ciclista surgido de la nada vuela por encima de la moto, cae con un ruido sordo y queda tirado, quejándose suavemente.
Sorprendido y asustado, mi primera intención es huir, desaparecer, yo no fui, no hice nada. Subo a la moto apresuradamente pero antes de hacerla arrancar miro al tipo, de espaldas en medio de la calle y me doy cuenta que no puedo dejarlo allí, el primer auto que pase se lo llevará por delante. Me acerco, compruebo que en realidad no está muy lastimado, tiene unos raspones en la cara y un chichón que crece prodigiosamente en la frente. Se lo ve mal pero no por el porrazo sino porque tiene un pedo de novela.
Inicio un dificultoso auxilio y una confusa conversación. El tipo no sabe que le ha sucedido. En realidad tampoco recuerda gran cosa de los últimos días de su vida. Eso si, me informa que es el Ñato, que viene de Islas donde estuvo tomando unos vinos con los amigos. Uno de ellos le ha prestado la bicicleta para que se llegue a su casa y tranquilice a la patrona, sin duda preocupada por su larga ausencia.
No está enojado, mas bien extrañado de encontrarse en el suelo y que le duela tanto la cabeza. Me pide que lo ayude a regresar al boliche, a pocas cuadras de allí. Con tal motivo, después de repetir varias veces unas sencillas instrucciones y de algunos intentos fallidos, implemento un precario dispositivo, el Ñato consigue subir a la moto y arrastrando la bicicleta de cualquier manera, encaramos lentamente hacia Islas. Al doblar por la calle Garibaldi pienso con cierta inquietud en el recibimiento. Me ven desde lejos porque la bicicleta rechina contra el pavimento y dispara un reguero de chispas. En el silencio cristalino de la madrugada las voces llegan con claridad: “Ahí lo traen”, “Parece que ha tenío un accidente”, “Yo le decía que no se vaya”.
El Ñato viene fusilado, apaciblemente dormido sobre mi espalda. Afortunadamente me reciben bien, explico lo sucedido y todos están de acuerdo en que había sido una locura permitirle subir a la bici con el pedo que tenía, que milagrosamente no le había pasado algo mas serio. No te preocupes pibe, me dicen, bajá y tomate algo. Al influjo del verbo tomar el Ñato se despierta, deja la bicicleta con las rueda torcida en las desconsoladas manos de su dueño, a los tumbos se llega hasta la mesa mas cercana, sobre la vereda. Como algunos ya quieren irse los convence que no, que podrían tener un accidente y como argumento de peso señala el enorme chichón en su frente. Enérgicamente castañetea los dedos hacia el mozo y pide un pingüino de tinto.

Para empezar.