13 de julio de 2008

Elpidio Herrera


Ariel Horacio Sequeira


Asado y vino tinto de por medio, un domingo al mediodía, Elpidio Herrera, el creador de la ya mítica sacha guitarra atamisqueña, desgrana para esta revista cuáles fueron los caminos que lo llevaron a ser el único luthier original de Santiago. Un implacable grabador dio cuenta de un relato que se ofrece aquí en forma íntegra.

Yo soy nacido en Villa Atamisqui, vivo en el mismo lugar donde nací, en el mismo terreno, conservo el rancho de mi viejo, lo he disfrazado de casa por fuera, pero no es que lo tengo de recuerdo sino que habito en el mismo rancho, es parte de mi cotidiana vida, con los horcones apuntalados, porque se estaba cimbrando la solera. Yo me he criado en un ambiente muy de música, aunque no tanto, porque no abundaban los musiqueros y los instrumentos en aquel tiempo, cuando era chico. Pero mi padre era guitarrero, uno de mis tíos, hermano de mi papá, tocaba el violín y el otro tocaba el mandolín, así que conformaban un grupo con un sonido muy similar al que nosotros tenemos ahora. Eran guitarreros de aquellos tiempos, ¿no?, hechos a los tirones. Mi padre tenía la posibilidad de viajar a otros lados, no en busca de trabajo, porque su trabajo era en la casa nomás, era orfebre, platero, los tres hermanos eran plateros, los famosos plateros Herrera, plateros y de paso, músicos.

Y la música era de las tardes, de agarrar la guitarra y alegrarnos un poquito. Imaginate la escasez de música y musiqueros en aquellos tiempos, era un deleite escuchar una cuerda vibrar. Y se juntaban los tres, solamente en las fiestas de fin de año, Navidad y Año Nuevo, sobre todo, Año Nuevo. No sé por qué le daban mucha más importancia a esa fiesta que a la Navidad. De ahí posiblemente ha quedado grabado en mi recuerdo, porque yo no tenía inquietudes de músico, de chico, más yo traía el trabajo de mi padre, me sentaba al lado de él, en su tallercito, le agarraba las herramientas, algunas veces le habré arruinado algo.
Y lo mío transcurre en la niñez como que sí me interesaba la música, pero ahí nomás. Hasta que llega el momento de iniciar mi secundario, por esas casualidades me mandan a estudiar en La Banda. Ni siquiera me lo había propuesto mi familia, sino un inspector de escuela, don Mariano Moreno, que paraba en mi casa para salir a recorrer las escuelas del campo. Y un día, sabiendo que yo había terminado mi sexto grado, me invita a estudiar y yo le digo sí, pero medio ignorando de qué se trataba. En aquel tiempo, terminar el secundario significaba ser maestro. Yo pensaba que me traían a la escuela Normal. Pero me pone en la escuela Industrial de La Banda. En los primeros años, sin entender, por supuesto, con mucha incertidumbre, no sabía que las matemáticas se estudiaban de esa manera. Hasta que me voy ambientando, hasta que me empieza a interesar lo que enseñaban ahí, mientras tanto, aquellos conocimientos de música que tenía, los usaba como para ganar la simpatía de mis compañeros, porque además, así como así nomás, ya había aprendido a tocar la armónica también. Yo la ataba con un hilo, ahora usan unos aparatos. Y me acuerdo de haber debutado en una fiesta de la escuela, en la calle Urquiza. Pero, hasta ahí nomás.

Mis sueños eran ser ingeniero, tan es así que terminado mi secundario me voy a Buenos Aires, fracaso... ¡qué suerte que fracasé! He fracasado porque no había trabajo, quería trabajar y estudiar y era imposible. Me tomaban un tiempito, ninguna empresa se quería comprometer, porque los sindicatos ya empezaban con sus chillidos, ¿no? Hasta que por fin me vuelvo y encuentro un cura en Atamisqui. Yo era indiferente, como que le esquivaba al cura, era un cura alemán.
Te cuento mi conversión. El padre Alberto y nosotros con Piri habíamos estado jugando al fútbol, atrás de la iglesia estaba la cancha. Y veníamos caminando para la plaza, mi alpargata se había roto y yo tenía una puesta y la otra en la mano. Y bufaba el cura, frente a la iglesia, ya había llamado cinco veces y no aparecía ningún infiel.
Y gritaba: “¡Vengan zéquel, vengan, aquí hay Cristo!”. Zéquel es un insulto, es como decir bolúpido pero más fuerte. Entonces, por respeto y porque era un cura xtranjero he entrado. Bueno, Piri sí, porque su familia más entregada al catolismo, él sabía rezar, yo no. Y bueno, nos quedamos, éramos cinco o seis, nos quedamos, éramos como cinco.
Después de la misa, el cura comienza a comentar que hay muchas cosas por hacer “yo no quiero sacar nada, no quiero sacar si no sé qué poner”. Me iba interesando las cosas que tenía y me he quedado hasta muy tarde, las luces se apagaban a las doce de la noche, han apagado la luz y nosotros con una vela, seguíamos conversando. Creo que no me he bañado esa noche, ja já.

Eso ha producido un cambio en mi, me he empezado a ver de otro modo la vida y todo lo que me rodeaba, he empezado a valorar, creo, todo lo que significa la forma de ser y pensar de nuestra gente. Y me ha hecho volver hacia atrás, a mi ambiente de mi niñez, cuando yo mamaba la música y no me daba cuenta de que se introducía en mí y ahí estaba y permanecía.
A partir de entonces, te estoy hablando de que yo ya tenía 22 años, recién empiezo a querer ser músico. Y el mismo hecho de observar todo lo que nos rodeaba y que era rico y por eso, a pesar de que allá no había posibilidades, incluso de conseguir instrumentos, pero la gente se ingeniaba, se daba maña para hacer cosas para expresarse. Me acuerdo de la famosa “caspi guitarra” que mi padre contaba que Fulano había hecho. Era un palo encordado nomás. “Caspi” significa palo. Mi hermano Piri, ya tenía un conjunto, “Los coyuyos atamisqueños”, me invita a integrar ese grupo. Y el paso, en 1970, por Alero Quichua Santiagueño, con don Sixto, Felipe Corpos, Vicente Salto, eso ha sido definitivo para mí. Hacía chacareras, obviamente, aunque nosotros, con Piri, como estaba de moda la cumbia, también hacíamos cumbias, ja já.
Ahí es como que se ha creado un compromiso, porque yo veía que con tanta fuerza, estos viejos querían y pretendían preservar y hacer la música nuestra, sobre todo la música campesina, ¿no? El hecho de cantar coplas sueltas y arrimarles una melodía, aunque no esté bien marcada... Entonces me acuerdo de la “caspi guitarra”. Mis conocimientos técnicos no me ponían ningún impedimento para que agarre, machetee una tabla, le ponga una cuerda y tenga un instrumento. Y bueno, traigo eso. Y vieras con qué entusiasmo reciben el instrumento. Más me comprometen todavía, porque inmediatamente de conocer la caspi guitarra, me invitan a participar en una grabación del Alero Quichua Santiagueño. Era 1970 más o menos.

Con la “caspi guitarra” ando un tiempito, pero no podía quedar con una tabla encordada. Y medio por casualidad, llega un día a mi casa, una señora, pariente de Piri. Trae un poronguito, no era muy grande, chiquito. Y la señora dice: “Elpidio es tan travieso que capaz que haga una guitarra”, porque ellos oían la radio Nacional, que se escuchaba bien en ese tiempo y los domingos, la audiencia era para el Alero. Yo parto el porongo, tenía caja de resonancia en mi guitarra y ahí comienza otra historia, otra etapa, otra forma de ver. Sí, era muy sonora, la tengo todavía a la guitarrita esa. Y además tenía una afinación distinta a las guitarras comunes.
Bueno, las inquietudes siguen, no estaba muy conforme hasta ahí. De pronto había nacido una cosa en mí, como, capaz que el ingeniero frustrado empieza a aparecer en mí. Cambia de nombre también, por sugerencia de Sixto Palavecino. “Caspi” no, “sacha”. Porque caspi es palo o madera y todas las guitarras son de madera. Me dice don Sixto: “Vamos a homenajear a la gente del monte, a los sufridos campesinos, vamos a llamarle sacha guitarra, guitarra del monte”. Y bueno, ya tenía nombre y padrino: don Sixto. Pero yo quería sacarle algo más, alguna otra forma de tocar la sacha. He probado golpeando las cuerdas.
Y un día que estaba golpeando con una cuchara, haciendo un ruidito “zzz”, “zzz”, agarro un pincel de limpiar la máquina de escribir, uno largo y froto la cerda, pero no me decía nada. Pero me doy cuenta, ah, ¡cerda!, ¡sobre cuerda! Yo conocía a mi tío tocando el violín y le pasaba la resina esa. Yo tenía resina porque soldaba también con estaño y le paso, ¡y suena! Ahí había una fricción. Y por casualidad o no sé qué, en el horcón de mi casa como en todo horcón paisano había un mechón de cerda para colgar el peine. Así que ahí nomás, palito, un mechón de cerda, resina y, a frotar. Pero no sonaba bien, porque yo frotaba la cerda en la boca de la guitarra y no había un sonido claro, era el famoso gato pisado en la cola, el sonido. Pero no porque yo fuera brusco, sino porque no era el lugar indicado para frotar.

Entonces empiezo a buscar a lo largo. Cuando me voy acercando al puente, iba cambiando la cosa. Y ahí creo que empieza un momento de observación y me acordaba de los métodos científicos que se enseñaban en la Industrial. Y estaba cerca del puente, el lugar exacto, pero no podía, porque me molestaban las otras cuerdas, entonces qué hago. Y, hacerle un agujero junto al puente a la pobre sacha. Pero me daba la posibilidad de tocar solamente en la primera cuerda.
Era muy lindo porque era una experiencia nueva, en una sola cuerda había que hacer todas las notas y trabajar con la mano izquierda de punta a punta. Había logrado una técnica y no nos hemos separado más, con mi hermano, con mi hijo. Incluso estamos trabajando en un instrumento, que con sorna le llamamos “Equis 10”. Pero es bastante revolucionario. Es una sacha, sin caja, como que volvemos a la caspi guitarra, pero incorporándole todas las cosas que se han ido modificando en la sacha guitarra. La actual “Equis” tiene dos cuerdas primas, una muy grave y la otra muy aguda y él toca, no con el arquito que tenemos en la sacha guitarra sino con otro de doble cerda, lo que le da la posibilidad de lograr un efecto octavado, que es una maravilla.
Mientras tanto, sobre la sacha no nos había preocupado tocar el resto de las cuerdas porque con el resto hacemos el punteo y la otra va haciendo el sonido de violín. Hasta que un día le incorporamos una quinta cuerda, porque siempre era de cuatro, pero no siguiendo la línea de afinación del resto, sino como una cuerda extra, que se encarga de hacer los ruidos y los otros efectos no teníamos antes. Ahí hacemos el cello, había que hacerle otro orificio a la pobre sacha, el sikus. Y ahí es cuando casi me maravillo de mi propia creación, porque con un instrumento de cuerda estamos imitando un instrumento de viento y suena como a viento. Y de ahí vienen todas las imitaciones del burro, del gallo, de los pájaros.

¿Por qué nunca me he ido de casa? Por qué he vuelto, en todo caso.
Porque me ha ido mal, ja, já. Pero, el patio de mi casa está intacto, con los mismos árboles, a no ser que un viento los arranque, yo cortar no. Mis ancoches cada vez son más, porque cada verano crecen. Soy un querendón de la cosa, eso es cierto. Además hay mucha nostalgia, mi niñez ha sido muy linda, quiero tenerla conmigo para siempre.
La primera vez, en 1992, cuando volvemos de Alemania, a la mañana bien tempranito era, el sol estaba saliendo, estaba viendo mi amanecer y salgo de la camioneta y me tiro al piso a besar la tierra. Había vuelto a mi tierra. Te digo, contar esto me causa cierta emoción, ¿no?


El musiquito de la primaria

Esa era mi infancia, nosotros éramos seis hermanos, vivimos cinco actualmente. Unos de mis hermanos, que actualmente está tocando conmigo, él sí, ya tenía esa inquietud de agarrar la guitarra, mi padre le enseñaba las primeras notas y todo eso. Ya de jovencito tocaba la guitarra. Yo, como medio a la fuerza debo haber aprendido a pulsarla, pero no le daba mayor importancia. Eso sí, era el musiquito de la primaria y Piri Leguizamón, que actualmente está en el conjunto, era la voz más afinada y de chico nomás manejaba la voz, haciendo primera y segunda, que para nosotros era una cosa muy difícil, no estábamos familiarizados con ese tipo de cosas. Piri también viene de una raza de cantores. Yo me acuerdo de que la madre y la tía, hacían notar su voz en las procesiones de Semana Santa, sobre todo. Y el abuelo era don Zenón Revainera, un famoso vidalero. Así que él venía de familia de voces.

El temple del diablo

Se hablaba también en aquel tiempo, entre la paisanada, del temple del diablo, era una afinación que así, al aire, ya era un acorde en sol y era tan fácil sacar melodías sin hacer notas. Entonces la primera afinación de la sacha guitarra ha sido así, de esa manera. Le decían el temple del diablo, porque era tan fácil de tocar sin las posturas normales y tradicionales de la guitarra, sin apretar, con todas al aire, salían melodías. Sin querer yo estaba rescatando algo que se iba perdiendo en aquel momento. Sin dudas son ideas que vienen de las Europas, porque mucho tiempo después le muestro a un francés, un musicólogo, que ve eso y me dice “ah, esto se puede hacer en la guitarra tradicional”. Sí, le digo, yo lo he aprendido de ahí. “Y cómo era”. Y le muestro, afinando las cuatro primeras cuerdas. “No -me dice- esto no es completo se puede afinar todo”. Y me muestra cómo. “Sí, dice, lo vi en España”.

Mirar lo que no está
Yo creo que el santiagueño le canta a lo que no tiene, a lo que desea tener, que está mucho más allá. En Shunko, cuando le preguntan que ve, empieza a describir lo que hay. Y más adelante un árbol, el algarrobo es el árbol por excelencia. Yo creo que estaba jugando con la imaginación. Creo que eso le sucede al santiagueño, mira lo que no está, lo que desearía que esté. Es como que te has casado con la mujer más fea, pero vos la ves linda. Qué te hace enamorar, tu fantasía, no lo que está. Como don Casimiro, que vive al lado de Coco. Que le preguntan, don Cashi, por qué se ha casado con mujer tan fiera. “Pa que nadie le tenga afición”, decía. Yo he andado por todos los paisajes y siempre vuelvo a mi salitral.