8 de agosto de 2008

De escrituras o algo así


Víctor Cabrera


Desde Méjico, llegó ua colaboración pedida para recordar el natalicio de Leopoldo Lugones, con una visión que no descarta la picardía azteca, en tiempos de internet y correo electrónico que acercan al mundo a un clic de la computadora.

Desde Santiago del Estero me escribe mi amigo imaginario Juan Manuel Aragón para informarme que este próximo 13 de junio, aniversario del natalicio del poeta Lugones, los argentinos celebran el día del escritor. De paso me pide unas palabras, unas cuantas líneas, cualquier cosa, para conmemorar la efeméride si no como Dios manda al menos como Él (Dios, no el Gaucho Alomo) me dé a entender:
"Si puedes, me gustaría un escrito, no muy largo, quizás una página, sobre la misión del escritor, algo así". Desconcierto: lo de "algo así" me queda claro, es un tema que suelo desarrollar en mis disertaciones y charlas de café con amigos de toda laya, con quienes hablo de futbol y algo así, de la política doméstica o algo así, del calentamiento global y/o algo así, etcétera. Sin embargo, precedido por la frase "la misión del escritor" el "algo así" ya me pone la cosa complicada, digamos que me vuelve inasequible el panorama.
Lo difícil está no tanto en discernir­ el cometido de ese señor —pongamos que alguno de nosotros— que cada día, entre que se prepara el café, lleva a la hijita al colegio, camina a la oficina, responde mails, telefonea a la esposa, resuelve asuntos relacionados con libros que él no ha escrito y vuelve finalmente a casa, sudoroso y abrumado, se da tiempitos para leerse tres páginas de Brod sobre su amigo Franz, un poema de Juarroz que le fascina, otros versos de Paz que creía que eran de guerra, un capítulo de la última novela de Amélie, el más reciente post del blog de su amigo imaginario. Para eso y para, en cada trayecto del hogar al trabajo y viceversa, en cada túnel del Metro, entre las estaciones Norberto Gazmoño y Mártires del Neoliberalismo, componer en su cabeza, por ejemplo, un poema que hable del tiempo que se pierde en las ciudades, de la futilidad de la vida postmoderna, de lo que cada uno va dejando en el camino, en el tránsito entre un lugar y otro.
Y he ahí --piensa el señor-- lo verdaderamente arduo: no la misión sino sus múltiples obstáculos, el algo así que al fin y al cabo es toda vida y al que, también al fin y al cabo, cada cual habrá de sobreponerse para ganarle, por ahí, cuatro versitos al silencio.