14 de agosto de 2008

Hiroshima-Nagasaki, "pruebas de campo"

Carlos Duguech (*)

Un resumen de esta nota apareció publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 6 de agosto de este año. Su autor la cedió a esta revista a fin de que fuera difundida íntegramente.

Recientemente un ministro japonés - de defensa- debió renunciar obligado por sus declaraciones en relación a Hiroshima y Nagasaki. Pretendió justificar esos bombardeos atómicos en el contexto de la doctrina de que eran necesarios para poner fin a la Guerra Mundial II. Estados Unidos, desde Truman hasta nuestros días, se ha empeñado en la instalación en la conciencia de la humanidad de una "verdad" que debía ser irrefutable: la IIª Guerra Mundial cesó su trágico recorrido de casi seis años gracias a Hiroshima y Nagasaki. El horroroso padecimiento por los bombardeos atómicos en esas ciudades abiertas de Japón -un país derrotado en todos los frentes de lucha y sin perspectiva alguna de resolver militarmente su caída definitiva- no tiene antecedentes en la historia de las guerras. Robert Oppenheimer, el destacado hombre de ciencia al frente del proyecto "Manhatan" desde 1943, el que culminaría con la primera explosión atómica (de laboratorio) el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nevada, Nueva Méjico (Estados Unidos) citado por P.M.S. Blacket en su libro "Miedo, guerra y la bomba atómica" (Espasa-Calpe, 1950) afirmaba: "En la última guerra, las dos naciones a las que considerábamos las más civilizadas del mundo- Gran Bretaña y Estados Unidos- utilizaron bombas atómicas contra un enemigo que ya estaba esencialmente derrotado". Palabras certeras que contribuyen en parte a desmontar la explicación que las autoridades de los Estados Unidos vienen repitiendo una y mil veces en una casi piadosa posición humanitaria: las bombas se arrojaron sobre territorio japonés para evitar la segura pérdida de "un millón de combatientes" estadounidenses de proseguirse la lucha por los medios convencionales, sea por mar, aire o tierra en el asalto definitivo al Japón que ya se había programado. Caló tan profundo tal explicación al punto que casi todos los analistas ocupados en interpretar lo sucedido adhirieron, sin mayores variantes, a la doctrina elaborada en las usinas de información del primer país de la Tierra en contar con el arma atómica, desde 1945. Año singular éste, hito final de la segunda contienda mundial, por una parte, y a la vez mojón cero de la constitución de las Naciones Unidas. El 26 de junio de ese año estamparon su firma los representantes de 50 países, incluido el nuestro, en la ciudad de San Francisco al término de la Conferencia Internacional de las Naciones Unidas, constituyendo la organización mundial por excelencia cuya carta entró en vigor el 24 de octubre de ese año. Una acotación que, de algún modo, hace mella en nuestro orgullo nacional de co-fundadores de las Naciones Unidas: cabe considerar que la inclusión de Argentina en esa calidad fue cuestionada por la Unión Soviética y Polonia, al adjudicarle por entonces simpatías de su gobierno con la Alemania nazi. Finalmente, con la tardía declaración de guerra a Alemania y Japón por decreto del presidente de facto general Pedro Pablo Ramírez del 27 de marzo de 1945, (a menos de 45 días del fin de la guerra en Europa) Argentina es admitida en la OEA al suscribir el Acta de Chapultepec y, seguidamente, en las Naciones Unidas. Citamos la Carta de las Naciones Unidas porque ella nos definirá mejor que nada un contexto internacional que es necesario considerar: en su muy conmovedor encabezamiento, "Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas...", pone en relieve que "esos pueblos" están "resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que por dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles,...". Reparemos en el tiempo verbal empleado (que hemos enfatizado) para hablar de la guerra. Está refiriéndose al pasado reciente mencionando a las guerras mundiales que por dos veces "ha infligido...". Ahora centremos la atención en la fecha en que se suscribió la carta fundacional de las Naciones Unidas: 26 de junio de 1945, casi cincuenta días después de la rendición (8 de mayo) de la Alemania nazi cerrando el capítulo europeo, el más extendido e importante de la conflagración. Para los países vencedores, los "Aliados", fundadores de las Naciones Unidas, la guerra había terminado. Y lo expresaron clara y sencillamente en el texto fundacional del organismo que acababan de alumbrar. El frente en el lejano oriente estaba degradado en la valoración como asunto bélico en tanto Japón tenía la derrota total a la vista. Esto es esencial para considerar lo que anticipamos en el título de esta nota, ya que había firmes avances secretos sobre la rendición honorable preservando la intangibilidad del emperador Hirohito, asunto de singular importancia para la cultura japonesa más allá de lo estratégico y de la dramática disposición indudable a la fidelidad por parte de algunos jefes militares de ese país. Estaban dispuestos hasta el fin, con la inmolación.

En ninguno de los 131 artículos de la Carta de las Naciones Unidas hay referencias al arma atómica porque ésta no se conoció sino recién el 6 de agosto, aunque un breve tiempo antes de Hiroshima, alguna idea de su posesión había anticipado a sus principales aliados el presidente Truman. Reunido con Stalin y Clement Atlee (sucesor de Churchill) en Potsdam fue informado a través de un mensaje recibido en clave del éxito de los científicos al lograr la primera explosión atómica. Por boca de Stimson, secretario de Guerra estadounidense, los otros líderes aliados eran informados de la naturaleza del mensaje recibido por Truman: el ensayo atómico en las instalaciones experimentales del desierto de Nevada, fue exitoso. Luego Truman confió al primer ministro británico, en secreto, sobre su intención de utilizar la nueva arma contra Japón, ya que ello -dijo- aceleraría su rendición. Semejante proyecto fue compartido por Gran Bretaña. En ese contexto, planificada ya la invasión a Kiushu con armas convencionales para el 1º de noviembre de 1945, un asalto masivo, nace la declaración de Potsdam, convocando a la rendición incondicional de Japón. Shigenori Togo, ministro de Relaciones Exteriores de Japón, recibe de Hirohito la orden de encarar una misión: requerir gestiones de la URSS -a la sazón neutral en el frente bélico del Pacífico- que permita pactar una rendición ante los norteamericanos. Esto se concretó en un mensaje de Togo al propio Stalin, reunido en Postdam. Truman insistía (urgido como estaba por lanzar las bombas atómicas) en una rendición incondicional. La configuración de semejante modo de rendición exigida y a la luz de la tradición imperial japonesa - conociendo los modos de suicidio (kamikaze y el ritual harakiri) - hace suponer con alto grado de certeza que, deliberadamente, no se quería la rendición inmediata. Ello devendría en desbaratamiento del plan bomba atómica respecto del cual no se hubiera podido esgrimir justificación por su no ejecución ante los responsables y entusiastas científicos, técnicos y militares embarcados en el descomunal proyecto Manhattan que logró la primera explosión atómica de la historia.

El trabajo científico unido al desarrollo teórico de la física atómica que venía siendo ocupación de muchos destacados especialistas estadounidenses (J.R. Openheimer y otros) y colaboradores extranjeros (Enrico Fermi, entre otros) se realizaba desde 1939, y no sólo en los Estados Unidos. También en Inglaterra, Alemania y la Unión Soviética. La carrera por desentrañar la energía enclaustrada en la configuración atómica y llevarla al terreno de la experimentación física era vertiginosa porque, además, más allá de la vocación por domeñar el potencial energético de la materia para tantos fines ligados a la necesidad de contar con una fuente de energía inmensa y casi inacabable, se estaba en medio de una conflagración mundial que asolaba principalmente suelo europeo. Y se especulaba con la posibilidad de contar con un arma de gran capacidad destructiva, tal como teóricamente se suponía (Einstein en su carta a Roosevelt) iba a ser el arma atómica, para ser utilizada en esa contienda por la nación que primero lo lograra. Se llegó casi tarde, de todos modos. Se acababa el tiempo de guerra frente a un Japón exhausto, que había padecido bombardeos incendiarios masivos en muchas de sus ciudades y particularmente en Tokio a partir de marzo de 1945. Éste fue el que más destrucción causó de toda la historia de la II Guerra Mundial.
La primera explosión fue "ensayo de laboratorio", exitoso. Igual que cuando una marca de automóvil prueba en su planta un nuevo modelo. Luego lo lanza a recorrer caminos de tierra, pavimentos, montañas, ríos, territorios calurosos y otros de frío intenso, en una "prueba de campo", donde recién podrán apreciarse las características que se diseñaron y ensayaron en laboratorio. Y también corregir aquello que resulte necesario corregir para perfeccionar el producto. Hacía falta la "prueba de campo" para recién entonces poder apreciar y mensurar el nivel de destrucción y muerte (de eso se trataba, específicamente). ¿De qué otra manera podrán apreciarse los logros de tantos esfuerzos especulativos de la ciencia y la tecnología y los inmensos recursos dinerarios que ello exigía si no se podía mostrar en escena real los logros calculados y apetecidos? Era "muy necesario" utilizar el arma nueva en la guerra. Los sólo 21 dramáticos días transcurridos entre el ensayo de laboratorio (Estados Unidos) y la prueba de campo (Japón) delataron la urgencia del caso. Eso fue, precisamente, lo de Hiroshima: una "prueba de campo". Permitió conocer a ciencia cierta cuanta muerte y qué destrucción provocaba sobre un conglomerado urbano. La pregunta que surge espontánea a poco de sólo pensar un ciudadano sin mayores conocimientos: ¿si ello fue suficiente para mostrar a Japón el poder de semejante arma revolucionaria, por qué, otra vez, en Nagasaki? Siendo como se ha dicho "pruebas de campo", y disponiendo Estados Unidos de las dos únicas bombas, la "Little boy" (Hiroshima) y la "Fat man" (Nagasaki), era necesario comprobar los dos tipos: la de uranio, la primera, y la de plutonio, la segunda. Un dato adicional de no menor importancia para afirmar lo de la "prueba de campo": la primera bomba se arrojó en paracaídas y estalló a casi 600 metros del suelo. La segunda explotó en el nivel cero, el suelo. Dos modos de experimentación en escenario real para dos artefactos de distintos componentes nucleares. ¿Quedan dudas? Aunque hay otras razones como el plan de la Unión Soviética acordado con sus aliados (en Yalta) para invadir Japón el día 8 de agosto de 1945. ¡Apenas dos días después del día elegido por los Estados Unidos para su primer bombardeo atómico sin que lo supiesen sus aliados soviéticos! Incumpliendo el acuerdo con su aliado. La orden irrevocable de lanzar la "primera bomba especial" ya había sido dada el 25 de julio al general Spaatz, comandante general de la fuerza aérea desplegada en el Pacífico, sin esperar respuesta de Japón. Por si hicieran falta otras razones para entender el accionar estadounidense en la contingencia, ese bombardeo se constituyó en "anticipo" desafiante de la "guerra fría" la que ya se mostraba en sus signos inaugurales. Revelador de ello fue que Truman sólo confió el secreto de la bomba a su par inglés, marginando a Stalin. Para dar mayor entidad a esta propuesta de nueva y racional interpretación de la historia oficial sobre la justificación de Hiroshima y Nagasaki baste decir que cuando se supo de los resultados exitosos de la prueba atómica de laboratorio del 16 de julio de 1945 los estrategas y conductores de las acciones bélicas estadounidenses (no de sus aliados, hay que precisarlo) debatieron diferentes ideas de utilización de la novedosa arma: una de ellas era anunciarle a Japón de ese logro y amenazarle si no se rendía, en razón de que sus científicos podían interpretar el logro de los Estados Unidos; o arrojarla sobre una isla desierta para mostrar su poderío potencial (en realidad sólo se había hecho una prueba de laboratorio y para los mismos científicos y hombres de armas no era fácil extrapolar los resultados logrados para comprender su efecto sobre una ciudad abierta). Primó sobre las demás, algunas muy razonables y efectivas, sin daños innecesarios, la propuesta de arrojarla sobre ciudades japonesas elegidas por su concentración humana y densidad. Insisto, no por necesidades de una guerra victoriosa a todas luces comprobada en el frente japonés, sino por la urgente necesidad de conocer certeramente el efecto de la bomba atómica en sus dos versiones que ya había logrado Estados Unidos. (¡Se acababa la guerra, se escapaba la oportunidad de la "prueba de campo"!). No en vano fue que en el abarcativo plan de bombardeo (los B29, de cuatro motores) que oscurecían los cielos sobre todas las islas japonesas en profusos raides se excluyesen ciudades que había que preservar para el bombardeo con la nueva arma (Niigata, Hiroshima, Kokura, Nagasaki). Para mejor apreciar su capacidad destructiva en ciudades "vírgenes" de toda destrucción por bombas convencionales. No es demasiado osado bucear en la cuasi discriminación racial que ello implicaba respecto de los japoneses, tantas veces denigrados en películas estadounidenses. Desde el país de un Martin Luther King en pleno siglo XX bregando hasta su propia muerte por el derecho de los negros.

Lo que no se dice y es lo más creíble: si Truman no hubiera decidido arrojar las bombas ¿cómo hubiesen podido saber sus teóricos, los desarrolladores y los hombres de armas sobre sus efectos en ciudades abiertas si no las probaban? Lo único que se había hecho antes era una exitosa prueba de laboratorio. Pequeña escala, la de laboratorio. La respuesta es simple: si no se probaban en ese contexto, los Estados Unidos la habrían arrojado más sobre Vietnam, sobre sus bosques y ciudades para arrasar con el vietcong. O en cualquier frente en el que el prodigioso trabajo científico sobre el átomo (aunque aplicado al rubro oscuro siempre del armamento) brindase la oportunidad de la prueba "necesaria" de su efectiva capacidad de destrucción y muerte. Tal la simpleza del razonamiento que deberá echar por tierra con todo el reiterado modo en que se escribe, se proclama y se fuerza la realidad. La de los hechos y la de las intenciones, que no acepté nunca, en ejercicio de mi derecho a la verdad y en homenaje a mi capacidad de interpretar los hechos desde esta orilla, la del ciudadano del mundo. Aunque me esforcé en la búsqueda de alguna interpretación como la que vuelco en esta líneas hasta ahora no la hallé en su integridad. Soy consciente que ello no significa la exclusividad de la mirada aunque confirma de qué modo desde 1945 se viene pretendiendo consolidar con reiteradísimos y variados discursos la justificación de los bombardeos atómicos sobre Japón, ya que es lo que prevalece en casi todas las fuentes de información consultadas.

(*) Analista de política internacional de Radio Universidad (Tucumán)