8 de agosto de 2008

El hombre que no tenía enfermedades


Alberto Tasso (*)

Cuando se habla de enfermedades, nunca tengo nada que decir.
-¿Qué, no tienes enfermedades? –me preguntaron una vez.
Me quedé pensando. Atiné a decir:
-Bueno, tengo unos hongos un poco rebeldes...
Justo cuando iba a hablar del pie de atleta, una vesícula había ocupado el centro de la conversación, que luego giró a várices, vértigos y vómitos.
Desde ese día comprendí que mientras no tuviera alguna dolencia significativa, sería difícil mantener un diálogo con mis amigos del café.
De modo que empecé a leer sobre males posibles, cuya narración me permitiera tomar por un momento, aunque más no fuera, el uso de la palabra, que sólo monopolizaban los que tenían algo preciso y oportuno para decir sobre casuísticas, terapéuticas o quirófanos.
-Padezco de insomnio –afirmé un día con resolución.
En ese momento varias voces se alzaron contando casos verdaderamente insólitos. Pío tenía un vecino que dormía una hora por día desde 1957. Fifo mencionó a aquel que vivía en sueños una vida paralela, que transcurría fuera de su propia cama, en otro domicilio, exactamente. La conversación derivó entonces hacia el sonambulismo, relacionado vagamente con la infidelidad.
Esperé con ansiedad que surgiera el tema de la hipertensión. Cuando ese día llegó, manifesté que en los últimos tiempos sentía latir con más fuerza el corazón; hablé de mareos, zumbidos, y un casco de motociclista que me apretaba las sienes. Pero mucho antes que terminase, la atención se había desplazado hacia los últimos casos de miocarditis que habían diezmado las filas de nuestro círculo.
Advirtiendo que el Chagas, la hepatitis C y el HIV positivo ya carecían de atractivo, probé suerte con la fiebre amarilla, la esclerosis en placas, la herpes zoster o culebrilla, y cuanta otra referencia hallé en bibliotecas y en la prensa diaria, que abundaba en detalles sobre nuevos bacilos, estrategias epidemiológicas, sintomatologías, etiologías y posologías.
Ningún resultado.
Estaba cansado de que los muchachos del café no prestasen atención a los efectos que las enfermedades de los demás le provocaban a una persona relativamente normal, como yo había creído ser hasta ese momento.
Lejos de eso, comencé a sentirme anómalo, indefinible. No poseer un mal conveniente hacía de mí un bicho raro. Más aún cuando nuestra mesa dedicó varias sesiones a las formas no enteramente convencionales que asumían algunas partes del cuerpo en la vida de los individuos, a veces desde su nacimiento, y en otras por traumatismos, o políticas corporales determinadas. El tema incluía jorobas, rengueras, cráneos y pies reducidos, senos acrecentados o directamente implantados, acromegalias, zurdeces, ambliopías, tatuajes y prótesis, entre ellas el bastón. ¿Qué lugar podían ocupar en esa serie los hongos rebeldes, los lentes que aconseja mi óptico (1,75 desde el año pasado), y mi dentadura postiza, con puente, por más eficaz que sea al momento del turrón?
La solución surgió imprevistamente. Ese sábado, cuando llegué, los muchachos ya estaban reunidos en la mesa de siempre. Como siempre, saludé, arrimé dos sillas, y me senté en la de la izquierda. Cuando Doña Rosa preguntó: "-¿Qué se va a servir...?", le pregunté a la silla de la derecha:
-¿Qué quieres tomar, Jordán?
Y un momento después pedí:
-Dos cafés, el de mi hermano (señalé con la cabeza hacia la silla) cortado, con poquita leche.
Mis amigos observaron con atención hasta que Doña Rosa colocó los cafés sobre la mesa.
-Un momento –dijo Shinfu- ¿qué pasa acá? No entiendo nada.
Consideré llegado el momento de hablar.
-Nada, que vine con mi hermano Jordán, como siempre. A lo mejor ustedes no se dieron cuenta. Y yo, que... ¿nunca les dije que tengo un hermano mellizo?
Bajando la voz, agregué:
-(Somos siameses).
-¿Siameses? ¿Hermano? ¿Silla vacía? –gruñó Ari.- Éste está totalmente loco.
-¿Loco? –casi grité.- ¿Loco dijiste?
-Sí, eso dije.
-¡Gracias, querido amigo! Gracias de todo corazón, de parte mía, y de mi hermano.
Los muchachos parecían no entender.
Pero desde ese día ya no necesito disputar el centro de la reunión. Ni siquiera necesito hablar. Cada tanto, miro hacia la derecha y le digo a Jordán:
-Creo que se enfrió el café. ¿Querés que te pida otro?

(*) Café, mujeres y humo, 2006.