14 de agosto de 2008

Derrotar estereotipos


Hay estereotipos sobre la gente del norte. Como que los salteños son apegados a conservar las tradiciones, gente de un hablar castizo que cuida algunas formas antiguas en sus costumbres. De Tucumán se dice que es una provincia cosmopolita, debido sobre todo, a su universidad y a la potencia industrial del azúcar, que durante mucho tiempo fue su principal fuente de sustento. Los santiagueños son vistos como indolentes y poco afectos al trabajo si bien muchas veces se los alaba justamente por lo contrario. Los jujeños, según se piensa, tienen una tradición antigua también, entroncada con costumbres, ritos y creencias que vienen desde la época de los españoles, emparentados con los bolivianos por eso de que comparten el altiplano. Y cuando se dice Catamarca, inmediatamente se los asocia con lo sagrado, con la devoción mariana y con una voluntad tenaz, en alguna época de su historia, para levantarse contra el yugo de un gobierno injusto. Pero, ¿es realmente así o son nada más que formas simplificadas, hechas para no pensar en lo complejas que pueden ser las características de los habitantes de cada una de estas provincias, en caso de que existan?
De entre las varias formas de entender la cultura, preferimos aquella que la hace provenir del griego, del culto, que es una de las formas de agradar a los dioses. Eso que se hace para ser feliz, para mostrarlo a los amigos, para enorgullecerse del propio arte o, como dicen por ahí, por puro gusto. Estamos seguros de que la cultura es lo único que eleva el espíritu de la gente de una manera genuina. Y estamos convencidos de que los pueblos que cultivan su alma tienen un destino superior que aquellos que se esmeran en la práctica del comercio o la dominación.
En los últimos años de la Argentina, hubo una formidable migración interna. Pequeños pueblos, de veinte o treinta casas, han dejado de existir como si se hubieran disuelto en el aire. Algunos de ellos han sucumbido ante el poder de las topadoras o las oleaginosas. Todavía hoy se repite que los santiagueños que viven en Buenos Aires son más numerosos que los que habitan su provincia. Miles de taxistas, mozos, enfermeros, carpinteros, maestros, ingenieros o abogados que habitan lo que alguna vez fuera la capital Federal, tienen sus raíces en esta región que desde siempre fue el norte. Lo que no está todavía bien estudiado, es cuántos de estos norteños se han cambiado de casa, engrosando el pueblo vecino o la capital de la provincia. Es seguro que son muchos miles. Y que, en cierta medida, han posibilitado –están posibilitando- un cambio profundo en la manera de ser del resto de sus vecinos. Las capitales de Tucumán, Santiago, Salta, Jujuy y Catamarca se han expandido hasta lugares que antes se consideraba que estaban mucho más allá de extramuros. Las demandas de salud, viviendas, seguridad, trabajo y educación han llevado a que algunas grandes ciudades del norte estén al borde del colapso, según denuncian a viva voz o en sordina, sus intendentes. En las capitales ya no somos pocos y nos conocemos mucho como se decía antaño.
Cabría preguntarse entonces sobre la verdad de los estereotipos que tantos siglos llevó forjar en el imaginario popular de la Argentina. ¿Es cierto que los salteños están tan apegados como se dice a la cultura que les viene de sus mayores? ¿Seguirán siendo tan cosmopolitas los tucumanos? ¿Habrá cambiado la relación de los santiagueños con el trabajo? ¿Un jujeño se parecerá más a un porteño que a un habitante de Tarija? ¿Será verdad que los catamarqueños están apegados a una devoción mariana antiquísima? ¿Qué une a los habitantes de estas provincias? ¿Qué los separa? ¿Todas las preguntas que pueden hacerse sobre el norte profundo caben en este cuestionario?
Para responder a estas preguntas –u otras que los lectores vayan acercando- es que nació esta revista. Que no tiene otra pretensión más que ir estableciendo algunas verdades para avanzar en la aventura del propio conocimiento, que un salteño opine sobre los dramas o las conquistas de su provincia, un catamarqueño sobre la suya y así los demás. Y que busquemos la forma de aprender de quienes son parte de una historia grande que comenzó a escribirse el mismo día que Juan Núñez de Prado fundara Santiago del Estero y que sigue redactándose día a día.
En cualquiera de los próximos números de la revista podría hablarse además de la intercultura de los pueblos fronterizos del norte, Frías, Recreo, Las Termas, Taco Ralo, Rosario de la Frontera, Trancas, Güemes, Gobernador Piedrabuena, Perico, Tartagal, Juan Bautista Alberdi, Aimogasta. Por ahora, basta.

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